Adaptado del libro: capítulo 5, páginas 70–74
Una de las causas principales de la pérdida de oportunidades de evangelización es el temor al hombre. Probablemente no exista un cristiano con mucha experiencia de evangelismo que no haya experimentado esta tentación. ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué pasa si ya no quiere ser mi amigo? ¿Qué hago si me rechaza? ¿Qué sucederá si este compañero me reporta a los jefes en el trabajo? ¿Y si se burlan de mí? Si has hecho alguna de estas preguntas u otras parecidas, no estás solo.
En casos extremos, el temor al hombre ha llevado a que algunas personas nieguen a Cristo. Pero, a esto Cristo responde:
Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno. … Por tanto, todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos. (Mat 10:28, 32–33)
El temor al hombre es real y es algo contra lo cual siempre debemos luchar. Es tan grave que algunos han abandonado la fe por esa causa.
Este gran peligro debe ser motivación suficiente para estar alerta y pelear contra esta tentación. Sin embargo, en esta publicación te compartiré seis verdades que nos ayudan a superar el temor al hombre y a temer solo a Dios.
La gloria de Dios es suprema
Primero, el evangelismo es principalmente para la gloria de Dios. Aunque evangelizamos por amor al hombre, la gloria de Dios es nuestra motivación principal. Por eso, debemos estar dispuestos a hacer aquello que glorificará al Señor en obediencia a Él a pesar de lo que el hombre pueda hacernos. Evangelizamos no para hacer nuestro nombre grande sino para hacer que Su nombre sea elevado. Buscamos glorificar a Dios aunque los hombres nos odien.
El ejemplo de Cristo
Segundo, podemos considerar el ejemplo de Cristo en su gran valentía de oponerse a los líderes judíos, incluso al costo de su propia vida. El discípulo no es mejor que su maestro, y si los hombres nos hacen sufrir por la causa de Cristo, tenemos el privilegio de ser partícipes de Su sufrimiento. Así como Cristo sufrió por nosotros, ahora nosotros podemos sufrir por Él: «Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1Ped 2:21).
No solo Cristo nos da este ejemplo, muchos santos y apóstoles en el pasado nos dan ejemplo del poder de Dios en medio de sufrimiento y la persecución. Aunque sufrían grandemente, muchos seguían predicando y exponiéndose a gran riesgo y Dios los usó grandemente. Verdaderamente, son aquellos «de los cuales el mundo no era digno» (Heb 11:38).
En la iglesia apostólica, la Biblia dice que la persecución fue un medio por el cual Dios esparció el evangelio en todas las regiones. Esto nos ayuda mucho con el temor al hombre, porque los esfuerzos más grandes de los hombres para detener el evangelio muchas veces resultan en mayor eficacia y distribución del evangelio. Aunque nos maten a nosotros, Dios puede levantar a alguien en nuestro lugar que podrá regar la semilla que nosotros sembramos.
Apocalipsis dice algo muy interesante. Hablando de los santos que dieron su vida por Cristo —algo que parece una pérdida de la batalla— dice que así ganaron y conquistaron: «Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte» (Apo 12:11). Aunque nos maten, ganamos la pelea de la persecución por dar testimonio de Cristo hasta el final. Cristo da la corona a todos los que siguen fieles hasta el final.
La recompensa prometida
Tercero, podemos pensar de la gran recompensa que hay. Si fijamos nuestros ojos en este mundo, el temor al hombre es más poderoso. Por otro lado, cuando somos más conscientes de nuestra ciudadanía celestial y de las recompensas gloriosas de Cristo, podemos sufrir más alegremente aquí, sabiendo que todo el que confiese a Cristo delante de los hombres será confesado delante del Padre en los cielos por Cristo mismo. Hay una corona para todos los que perseveran hasta el final y que venzan el temor al hombre. Estos dos puntos anteriores fundamentan el sentir de los apóstoles cuando dijeron:
«Ellos, pues, salieron de la presencia del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su Nombre. Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y predicar a Jesús como el Cristo» (Hch 5:41–42).
Una perspectiva bíblica del hombre
Cuarto, hay que pensar más bíblicamente de las personas a quienes evangelizamos. Cuando pensamos humanamente, es fácil exaltar su poder, sus amenazas y sus terrores. Pero, cuando pensamos bíblicamente recordamos que su alma valiosísima está siendo cambiada por algunos años de placer pecaminoso, sus gozos superficiales pronto terminarán en el infierno y pronto su aflicción será maximizada en el infierno. Podemos amar al hombre como debe ser amado y mejor de lo que se ama a sí mismo. Esta perspectiva nos ayuda a evangelizar teniendo compasión del hombre y no escondiendo nuestra luz bajo una cesta en vergüenza y temor al hombre.
Es cierto que decirle al pecador que está perdido, necesita de un salvador, que sus «buenas obras» no lo pueden salvar y que está en peligro de ir al infierno bajo la ira de Dios sí incomoda. Es probable que muchos tomen ofensa a esta declaración. Pero es la verdad. Sin que alguien les predique, van a seguir en su rumbo hacia el perder su alma en el infierno. Por eso, nos debe llenar no de temor a ellos sino de compasión por ellos. Aun en medio de los golpes y vituperios, vemos más claramente con los ojos llenos de lágrimas su necesidad y de cómo solo Cristo los puede salvar. Incluso este rechazo es un testamento vivo de su gran necesidad. Aunque no quieran escuchar, tenemos palabras que dan vida. No queremos darles algo doloroso o dañino o inconveniente, sino que buscamos darles las buenas nuevas de que sus almas pueden ser salvadas, pueden cumplir su fin principal y pueden escaparse de las penas que vienen inevitablemente de una vida de pecado.
La comisión divina
Quinto, Dios mismo nos ha comisionado. Como Pablo dice:
«[A]sí como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones» (1Tes 2:4).
No somos evangelistas principalmente por los hombres, aunque buscamos su bien y salvación, sino que evangelizamos porque Dios nos ha confiado Su evangelio poderoso. Cuando recordamos que es Dios quien nos llamó y es a Dios que rendiremos cuenta, el temor al hombre o el deseo de agradar al hombre huye. No hacemos concesiones para agradar al hombre porque se trata del evangelio de Dios. Somos mayordomos de Su viña y tenemos que ejercer este oficio con una expectativa de Su pronta venida para juzgar a los vivos y a los muertos. Esta realidad nos motiva tanto a la diligencia en nuestra labor dada por Él, como también al fervor en clamar a los hombres para que se arrepientan antes de que venga ese día de juicio.
La promesa de Su presencia
Sexto, Cristo ha prometido siempre estar con nosotros. Si Cristo está por nosotros, ¿quién puede estar en nuestra contra? El hombre no puede separarnos de la comunión de Cristo ni de Su amor. Su espada, fuerza, amenaza, persecución, o lo que sea, no nos pueden separar del amor de Dios en Cristo Jesús. ¡Qué antídoto para el temor al hombre es el estar consciente de que Cristo está con Su pueblo en todo momento y especialmente al dar testimonio de Él delante de otros!
Conclusión
Guarda estas verdades en tu corazón. Memoriza algunos de estos versículos bíblicos. Recuérdense los unos a los otros de estas verdades en momentos de desánimo. El temor al hombre es real y va a ser una tentación continua, pero hay suficiente luz en la Biblia para darnos una perspectiva más grande De Dios y más pequeña del hombre. Mientras más elevamos a Dios en nuestra mente, motivación y mensaje, menos temeremos al hombre. Con estas verdades, podremos decir: Si Dios está con nosotros, ¿quién puede estar con nosotros?



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