Esta es la segunda publicación sobre el arrepentimiento. Para ver la primera parte, ve esta publicación.

En la publicación anterior, hablamos de la necesidad del arrepentimiento. Pero si es tan necesario, es importante asegurar que el arrepentimiento sea genuino. Hay muchas formas falsas de arrepentimiento, las cuales consideraremos en una tercera parte en esta serie sobre el arrepentimiento. Entonces, ¿Cómo se ve el arrepentimiento verdadero? ¿Cómo puedo saber que mi arrepentimiento ha sido genuino? ¿Cuáles son las partes esenciales del arrepentimiento?

Una buena definición del arrepentimiento se ve en nuestra Confesión de Fe (1689.15.3): 

Este arrepentimiento salvador es una gracia evangélica,4 por la cual una persona, al ser sensibilizada por el Espíritu Santo a las multiformes maldades de su pecado, se humilla por causa de este, por medio de la fe en Cristo, con tristeza piadosa, aversión de su pecado y aborrecimiento a sí mismo,5 orando por el perdón y las fuerzas que provienen de la gracia, con el propósito y empeño —mediante las provisiones del Espíritu— de andar delante de Dios para agradarle en todas las cosas.6

En primer lugar, podemos pensar de la realidad del pecado y nuestra esclavitud al pecado. Antes de Cristo, somos esclavos bajo el dominio de tinieblas. Si es así, ¿cómo un pecador se puede arrepentir? Por su propia cuenta, ningún pecador tiene la inclinación al arrepentimiento, y ningún hombre solo puede producir un arrepentimiento verdadero. Esto es lo terrible del pecado. El hombre natural es tan atrapado allí que por su propia voluntad siempre escogerá seguir en su pecado y rebeldía contra Dios.

Sin embargo, la Biblia presenta el arrepentimiento como una gracia de Dios. Por Su Espíritu, Él obra el arrepentimiento verdadero en nosotros. Por ejemplo, en Deuteronomio 30, cuando Moisés habla del nuevo pacto y el arrepentimiento del futuro, lo describe en términos de Dios mismo haciendo una obra de dar un nuevo corazón al pueblo. Esto se afirma en varios otros pasajes también: “Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch 5:31); “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hch 11:18; cf. Zac 12:10). En otro texto clave, Pablo habla de la obra de librar a los cautivos y dice:

Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, 25 corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad, 26 y volviendo en sí, escapen del lazo del diablo, habiendo estado cautivos de él para hacer su voluntad.  (2 Ti 2:24–26)

En estos textos, vemos que Dios es Aquel quien da arrepentimiento a los pecadores. El hombre puede producir una forma de arrepentimiento, pero el único arrepentimiento verdadero viene de la obra del Espíritu en el alma de un pecador. 

Cuando Dios da este don de arrepentimiento, ¿cómo se ve? Hay algunas partes principales que todo arrepentimiento verdadero tiene:

Antes de tener arrepentimiento verdadero, tiene que haber un reconocimiento del pecado. Esto es previo a toda marca de arrepentimiento. Si uno no reconoce sus propios pecados de manera explícita y personal, no tiene arrepentimiento. El arrepentimiento fluye de la obra de gracia del Espíritu en nosotros, pero una parte de esto es la convicción por el pecado. En la definición que vimos, dice: “al ser sensibilizada por el Espíritu Santo a las multiformes maldades de su pecado”. El arrepentimiento requiere una conciencia del pecado. No podemos arrepentirnos si no reconocemos nuestro pecado. Por ejemplo, 1 Juan 1:10 dice: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”. Pero, esto es la primera obra del Espíritu. Nos convence del pecado. Nos compunge el corazón.

Esto muchas veces viene a través de la ley. La ley sirve para cerrar nuestras bocas y matarnos bajo el peso de nuestros pecados (Rom 3:19–20). Al ser expuestos delante de la ley, perdemos toda excusa y toda pretensión a justicia, y reconocemos la justicia de nuestra condenación. 

Sin embargo, el Espíritu no nos deja en este estado condenado y tristes por la realidad de nuestro pecado, sino Su gracia sigue obrando en nosotros. Podemos señalar prácticamente cinco marcas para el arrepentimiento que vienen después de un reconocimiento del pecado. 

Primero, hay contrición“se humilla por causa de este, por medio de la fe en Cristo, con tristeza piadosa”. La contrición es ese sentido de dolor y lamento por los pecados que uno ha cometido contra Dios. Sucede cuando uno entiende la gravedad de su pecado o lamenta haberlo cometido. Un arrepentimiento verdadero trae vergüenza y tristeza. Esto puede manifestarse incluso en lágrimas, ayunos y lamento.

Esta contrición produce la confesión del pecado. La confesión es cuando, en vez de justificar o minimizar, reconocemos la maldad que hemos cometido y la justicia del juicio que merecemos delante de Dios y, cuando sea una ofensa interpersonal, a las otras personas también ofendidas. Las Escrituras aplican una promesa muy gloriosa a esta confesión: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn 1:9); o en otro lugar, “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal 51:17).

Tercero, hay abandono“aversión de su pecado y aborrecimiento a sí mismo”. El abandono del pecado es el renunciar ese estilo de vida. Nos ponemos de acuerdo con Dios en condenar esos pecados que habíamos entendido. Como Thomas Brooks dice: “La verdadera gracia hará que el hombre se mantenga firme y constante del lado de Dios, y moverá su corazón a unirse a Él contra los pecados especiales del hombre, aunque sean como la mano derecha o el ojo derecho”.[1] Odiamos el pecado, y empezamos una relación de enemistad y guerra contra el pecado. Reconocemos la justicia de Su ira contra el pecado y lo abandonamos. Este aborrecimiento del pecado es una marca distintiva del arrepentimiento verdadero. Entiende que el pecado es contra el Dios justo y santo y es un gran mal que merece la ira infinita y eterna de Dios. No simplemente lamenta las consecuencias temporales del pecado que vienen en relaciones rotas, vergüenza pública, o acciones legales, sino lamenta que ha ofendido a Dios de manera personal. 

Cuarto, hay aferramiento“orando por el perdón”. El arrepentimiento gira de los pecados y se lanza sobre la misericordia de Dios. Reconoce que merece juicio y que su única esperanza es que Dios tenga misericordia de Él. Por esto, se aferra de la misericordia de Dios y de Su promesa de perdón a los que confiesan los pecados.

Toda forma del arrepentimiento falso no va acompañada con el evangelio. Trata de reformar su estilo de vida y hacerse más civil o moral, pero no viene con la fe en la obra completa de Cristo. El arrepentimiento no espera en este nuevo compromiso con una nueva vida, ni en las lágrimas que ha derramado, ni en el odio con el cual ahora aborrece su pecado, sino su esperanza para aceptación delante de Dios solo es Cristo y la misericordia de Dios demostrada en Él. Como el himno «Roca de la eternidad» expresa:

«Aunque sea siempre fiel,
aunque llore sin cesar,
del pecado no podré
justificación lograr.
Sólo en ti, teniendo fe,
puedo mi perdón hallar.»

Quinto, hay sumisión“las fuerzas que provienen de la gracia, con el propósito y empeño —mediante las provisiones del Espíritu— de andar delante de Dios para agradarle en todas las cosas”. Esta sumisión es la contraparte del abandono. No solamente abandonamos el pecado, sino nos entregamos a una vida de sumisión al Señor. El abandono es negarnos a nosotros mismos; mientras la sumisión es tomar nuestra cruz y seguirle a Cristo. Al reconocer la gravedad del pecado, ahora el arrepentimiento busca hacer aquello que le agrada a Dios. Esto es lo que la Biblia llama los frutos del arrepentimiento—“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mat 3:8). Para ilustrar esto, Juan el Bautista da directrices particulares a algunos grupos de cómo el arrepentimiento se puede ver en sus vidas: 

Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? 11Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. 12Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? 13Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. 14También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario. (Lc 3:10–14)

Vemos un ejemplo personal de esto en la vida de Zaqueo: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc 19:8). Esta sumisión al Señor es algo continuo y nos muestra otro fruto del verdadero arrepentimiento—persevera. Un arrepentimiento falso será temporal y parcial, pero el arrepentimiento verdadero persevera en esta lucha contra el pecado hasta el final. 

Al entender que este arrepentimiento produce el perdón de nuestros pecados, otro fruto que produce es el gozo y regocijo. Como David oró en su confesión de pecado: “Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente” (Sal 51:12). Nos regocijamos en el perdón de los pecados y en el privilegio de ahora ser reconciliados con Dios y servirle. Al recibir el perdón, David dice: “Cantará mi lengua tu justicia” (Sal 51:14b). Por esto, un fruto es el gozo de cantar al Señor y alabarle por su misericordia. El arrepentimiento verdadero pasa de la rebelión que trae lágrimas a la obediencia que trae gozo.

Para resumir, hemos visto que, primero, el arrepentimiento es un don de Dios en Su gracia. Segundo, el arrepentimiento requiere un reconocimiento honesto de nuestros pecados. Después, consideramos las cinco marcas esenciales de un arrepentimiento verdadero:

  1. contrición
  2. confesión
  3. abandono
  4. aferramiento
  5. sumisión.

Y, hemos identificado algunos de los frutos de un verdadero arrepentimiento, incluyendo un odio por el pecado, un cambio externo en la forma de vida, el obedecer a Dios y Su ley, el perseverar en esta justicia, el confiar en Cristo como el único salvador y un gozo y alegría en la salvación y perdón que Dios da en Cristo. 

¿Así se ve tu arrepentimiento? No te contentes con una de las muchas falsificaciones del arrepentimiento. Solo el arrepentimiento verdadero da paz a la conciencia y gozo en la presencia de Dios. Pero este arrepentimiento está disponible, y los que conocemos al Señor tenemos el privilegio de anunciar el arrepentimiento para la vida y perdón a los pecadores.


[1] Thomas Brooks, Works, Vol. 5. (1659; Carlisle, PA; Banner of Truth, 1980), 21.

Una respuesta a «¿Cómo se ve el arrepentimiento verdadero?»

  1. […] sobre el arrepentimiento. La primera consideró su necesidad en la presentación del evangelio. La segunda consideró las marcas de un arrepentimiento verdadero y sus frutos […]

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