¿Cómo respondes cuando has pecado y quieres rectificar lo que has hecho mal? Hay muchas maneras en que respondemos a nuestro pecado. A veces nos escondemos para no enfrentar la vergüenza o dolor causados por nuestro pecado. A veces nos justificamos por minimizar nuestro pecado, diciendo que era solo una falla o que no era tan malo como lo que otros hacen. A veces nos justificamos por echar la culpa a otras personas, diciendo que no habríamos cometido ese pecado si no fuéramos provocados por la otra persona. A veces tratamos de cubrir los pecados por una vida religiosa de buenas obras externas. Sin embargo, el evangelio requiere que tratemos el pecado por lo que realmente es. Hay que dejar las excusas y justificaciones. Al ver la gravedad de nuestras tinieblas, y contemplar la luz y gloria de Cristo en el evangelio, la respuesta apropiada es arrepentimiento. El evangelio nos llama a salir de las tinieblas y venir a la luz de Cristo. 

En esencia, el arrepentimiento es denunciar nuestras prácticas pecaminosas y compro­meternos con servir al Señor (cf. 1689.15). Los pecadores debemos apartarnos del pecado y recibir el perdón por fe en Cristo.

Cristo da una buena descripción de esto: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat 16:24; cp. Mc 8:34; Lc 9:23). En este llamado, vemos los dos lados del arrepentimiento. Por un lado, el arrepentimiento consiste en una renuncia o negación de uno mismo—de su vida anterior, pecado, ídolos, y autoconfianza. Por el otro lado, consiste en el tomar el yugo de Cristo sobre uno mismo para ir en pos de Él (cf. Mat 11:28–30). Abandonamos nuestro propio camino para seguirle a Él. Renunciamos el pecado y las obras de Satanás para buscar su Reino y su justicia (cf. Tit 2:11-12). Desechamos nuestra confianza en el hombre y las obras, y solo nos aferramos al ancla de la obra de Cristo (Fil 3:7–9). Negamos a nosotros mismos y perdemos nuestra vida para que la encontremos en Él. Esto es el arrepentimiento bíblico y es esencial que lo entendamos tanto para nuestra conversión a Cristo y también para que sea la obra continua de nuestras vidas como cristianos.

En los últimos años, se ha enseñado una forma del evangelio que dice que el arrepentimiento no es necesario para la salvación. Incluso, algunos piensan que hablar del arrepentimiento es agregar obras a la salvación, la cual sabemos es solo por la fe y no las obras. Esta enseñanza dice que somos salvos por creer en Cristo como Salvador, pero no necesariamente tenemos que arrepentirnos y someternos a Él como Señor. Quiero responder a esta enseñanza por dos afirmaciones que muestran lo crucial del arrepentimiento: (1) entender la gravedad de nuestro pecado y (2) el llamado bíblico al arrepentimiento. 

Primero, el arrepentimiento es necesario porque nuestras tinieblas son así de malas. Nuestras excusas, justificaciones, o minimizaciones no son suficientes para tratar el problema de nuestro pecado. Dios es bueno, justo y santo. Para morar con Él, uno tiene que ser justo. Dios por naturaleza no puede tratar el pecado como algo pequeño, porque es tan santo que ni siquiera puede ver el mal. Es un Dios tres veces santo. Además, Dios nos ha creado a Su imagen y para Su gloria, y todo lo que tenemos es de Él. Pero, en vez de servirle y honrarle como nuestro creador, hemos cambiado la gloria de Dios por algo corruptible y pasajero de este mundo. Hemos servido nuestro placer, nuestra reputación, el agrado de los hombres, la popularidad, o los ídolos de este mundo en vez de servir al Señor. Hemos cometido adulterio contra nuestro Dios santo y fiel quien nos ha bendecido tan generosamente.

Por este pecado, nosotros merecemos la ira justa de Dios. Dios no puede simplemente pasar por alto nuestro pecado, sino justamente puede condenar por toda la eternidad los que cometen pecado contra Él. El infierno no es un castigo exagerado. Es lo que el pecado realmente merece. Merece ser alejado para siempre de la luz de la presencia de Dios y echado al lugar de oscuridad y sufrimiento lejos de Él. Eso es lo que merecen tanto tus pecados como los míos.

Algunos tienen dificultad con entender este concepto. Sin embargo, esta confusión viene de no entender la gloria y la eternidad de Dios. Nuestro pecado no es solamente contra un hombre, sino es contra Dios mismo. Hemos ofendido al Dios eterno, grande, y creador de todas las cosas. Hemos profanado las cosas que Él ha creado, hemos blasfemado Su nombre santo, y hemos rebelado contra Su reino justo y benigno.

Por ejemplo, un delito contra un rey es tratado con más severidad que cuando uno ofende a un ciudadano normal. Pero, nuestro pecado es en contra del Dios de todo el universo. Además, nuestro pecado era tan grande que la única manera de salvar a los pecadores era a través del Hijo eterno de Dios haciéndose hombre y tomando nuestros pecados sobre Sí. Así de serio es nuestro pecado.

Por lo tanto, cualquier predicación que minimice el pecado o anule la necesidad del arrepentimiento no trata el pecado con la seriedad que merece. El pecado es un cáncer que destruye. Es la fuente de toda maldad, toda tristeza, todo dolor, y toda muerte en este mundo. Es algo tan contrario a nuestro Dios, que para aliarnos con Él y ser sus hijos, no podemos seguir en la misma relación con el pecado. En nuestro estado natural, no simplemente somos víctimas del pecado, sino activa y voluntariamente escogemos el pecado sobre Dios. Hemos roto activamente Su ley justa y santa. Por lo tanto, nuestra actitud para con esta fuente de maldición tiene que cambiar. Pablo dice que los que siguen en esta condición “no heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6:9–10; Rom 8:12–13; Gal 5:21; Ef 5:5). Tenemos que tratar el pecado con seriedad y por esto tenemos que arrepentirnos y predicar el arrepentimiento a otros.

Segundo, no es solamente la gravedad del pecado que hace que el arrepentimiento sea necesario, sino también debemos considerar qué tan frecuentemente la Biblia nos llama al arrepentimiento. Esto es un llamado repetido a lo largo del canon del Antiguo y Nuevo Testamento. Uno no ley mucho en la Biblia sin encontrar un llamado al arrepentimiento.

En el Antiguo Testamento, los primeros libros establecen la importancia del arrepentimiento muy claramente. Tanto en Levítico 26 como en Deuteronomio 28–30, Moisés habla de las bendiciones y maldiciones que vienen de la ley de Dios—bendición para la obediencia y maldición para la desobediencia. Pero, en los dos textos Moisés predice que el pueblo sí va a romper la ley, como ya había hecho en el desierto, e iba a sufrir todas las maldiciones de la ley. Sin embargo, dice:

Y confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su prevaricación con que prevaricaron contra mí; y también porque anduvieron conmigo en oposición, 41yo también habré andado en contra de ellos, y los habré hecho entrar en la tierra de sus enemigos; y entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado. (Lev 26:40–41)

En otras palabras, anuncia que el pueblo va a sufrir el castigo de Dios, pero si en medio de este castigo se arrepienten y reconocen sus pecados, el Señor volverá a tener piedad de ellos y hará un nuevo pacto con ellos. Estos textos son el fundamento para los muchos llamados al arrepentimiento a lo largo de los profetas. Los profetas fueron enviados por Dios para reprender al pueblo de Israel por haber cometido adulterio espiritual sirviendo a otros dioses y no a Jehová, y llaman al arrepentimiento.

Considera algunos otros ejemplos:

“13Jehová amonestó entonces a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes, diciendo: Volveos de vuestros malos caminos, y guardad mis mandamientos y mis ordenanzas, conforme a todas las leyes que yo prescribí a vuestros padres, y que os he enviado por medio de mis siervos los profetas” (2 R 17:13)

“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ez 33:11)

“Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. 13Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo” (Joel 2:12–13)

«Diles, pues: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac 1:3). 

El Nuevo Testamento continua este llamado de los profetas. Juan el Bautista, Cristo mismo y los apóstoles frecuentemente llaman al arrepentimiento. Por ejemplo, Juan el Bautista “fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados” (Lc 3:3).

Cristo mismo resume su ministerio de esta manera: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat 4:17); “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mat 9:13; Lc 5:23). Cristo también resume la predicación de los apóstoles en la Gran Comisión así: que se predique “en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:47).

Los apóstoles frecuentemente llamaron al pueblo al arrepentimiento (Hch 2:38, 3:19, 8:32, 17:30, 26:20). El ministerio de Pablo también se resume así: “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch 20:21).

Además, la Biblia frecuentemente conecta el arrepentimiento con la recepción del perdón de los pecados. Bíblicamente, no hay perdón sin el arrepentimiento (Mc 1:4; Lc 3:3, 24:47; Hch 3:19; 5:31). Pablo también describe a los cristianos como un pueblo arrepentido cuando dice a los tesalonicenses: “os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes 1:9). 

Finalmente, la paciencia y misericordia de Dios también se describe en términos de su deseo por el arrepentimiento:

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped 3:9; cf. Rom 2:4). 

Por lo tanto, el arrepentimiento es necesario por la seriedad del problema del pecado y por el mandato constante de las Escrituras que los pecadores se arrepientan. Así, vemos el error de esta enseñanza que quita el arrepentimiento del llamado del evangelio y la necesidad de asegurar que nosotros nos hayamos arrepentido y que nos estemos arrepintiendo de nuestros pecados.

Si el llamado bíblico es al arrepentimiento, ¿te has arrepentido? ¿Cómo es tu relación con el pecado? ¿Sigues amigo del pecado? O ¿lo odias?

«¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.» (Stg 4:4)

¿Cómo se ve un arrepentimiento verdadero? Para responder a esta pregunta, te invito a ver la siguiente publicación


Para seguir entendiendo bien el arrepentimiento. Se recomiendan dos recursos muy útiles. Waldron, Sam. Dos Cosas que Debes Hacer para Ser Salvo. Y, Watson, Thomas. La Doctrina del Arrepentimiento. También, considera esta colección de escritos sobre esta doctrina. Además, tuve el privilegio de predicar este sermón sobre el arrepentimiento desde Zacarías 1:1–6. Yo también siempre quiero mejorar mi desempeño de estas herramientas, pero espero que este sermón un ánimo y ejemplo útil para predicar con fervor el arrepentimiento para vida.

2 respuestas a «¿Por qué predicamos el arrepentimiento?»

  1. […] Esta es la segunda publicación sobre el arrepentimiento. Para ver la primera parte, ve esta publicación. […]

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  2. […] es la tercera publicación en una serie sobre el arrepentimiento. La primera consideró su necesidad en la presentación del evangelio. La segunda consideró las marcas de un […]

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