Hoy fallé. No logré compartir el evangelio con esa persona. ¿Alguna vez has iniciado una conversación con toda la intención de proclamar a Cristo, pero se te pasó la oportunidad? Sabías que la persona con la que hablabas no era creyente, que necesitaba la sangre de Cristo para cubrir sus pecados, que desconocía las riquezas que hay en Cristo y que estaba perdida y sin esperanza alguna en este mundo. Podrían haber sido muchas las razones por las que dejaste pasar esta oportunidad de compartir el evangelio, pero hay gracia y misericordia para ti. Seguramente no estoy solo en esta experiencia. Por eso, espero animarnos con cuatro verdades del evangelio que nos levantarán el ánimo después de que fracasemos al no compartir el evangelio.

Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. (1 Timoteo 1:15)

      Sé que el texto (1 Tim. 1:15) dice «pecadores», pero sigue siendo apropiado decir «fracasados»; no hemos dado en el blanco. ¿Has fallado en ser celoso por las cosas de Dios? ¿Te has echado atrás a la hora de mostrar a Cristo? ¿Has retirado tu mano de la generosa oferta del evangelio? Créeme; yo también lo he hecho. Entonces, ¿reaccionamos a este fracaso por dejar de hablarle a la gente para siempre o por evitar ponernos en esa situación otra vez? ¡Por supuesto que no!

      Cristo ES lo que nuestro mundo oscuro y enfermo de pecado necesita. Además, después de ver nuestros propios fracasos evangelísticos, ¡Cristo ES lo que nosotros necesitamos también! De hecho, es a los fracasados a quienes Cristo vino a salvar del castigo del pecado. Debemos correr a Cristo en arrepentimiento, confesando nuestras fallas y creyendo en Cristo. Creemos que la vergüenza que sentimos por nuestro fracaso en la proclamación del evangelio es la misma vergüenza que Cristo llevó sobre sí mismo en la cruz por nosotros. Ese fracaso está cubierto por la sangre de Cristo. 

      No debemos confiar en nosotros mismos para superar la vergüenza. Tampoco debemos volvernos pasivos y pensar que nuestros fracasos son pequeños. Así como todos los discípulos huyeron antes de la crucifixión de Cristo, nosotros también huimos de identificarnos con Él. La vergüenza y la desesperación que sentimos son reacciones normales. Es normal que la mano de la insuficiencia nos dé un golpecito en el hombro. En medio de esta vergüenza, ¿hay algún héroe que consuele nuestra conciencia atribulada? ¡Por supuesto que sí! Es el Salvador del mundo, Jesucristo; no hay otro salvador para nosotros. Él extiende Su gracia salvadora a todos los que ven que son fracasados. Cuando no logramos proclamar a Cristo, debemos apartarnos del pecado y volvernos hacia el salvador misericordioso que hemos rechazado. Él nunca nos rechazará. 

      Para nosotros, que miramos a Cristo después del fracaso, tenemos la seguridad de que nuestro fracaso no nos persigue. ¡La misericordia de Dios nos espera! No nos alcanzan las misericordias sobrantes de nuestro pasado, sino son NUEVAS misericordias. A veces podemos pensar que necesitamos demostrar nuestro arrepentimiento a Dios y entonces Él intervendrá y nos mostrará misericordia, pero esto es una mentira susurrada por Satanás. Es cierto que rehuir de proclamar a Cristo tiene un costo, pero recuerden que Dios es rico en misericordia. Incluso podemos sentirnos tan abatidos por haber rehuido en ese momento, pero recuerden: la misericordia de Cristo es tan profunda que llega hasta las profundidades de nuestra desesperación para levantarnos una vez más. 

      Por otro lado, ¿seríamos tan ingenuos como para pensar que nunca volveremos a tropezar? ¿Y si volvemos a asustarnos? ¿Y si la oportunidad se nos escapa de nuevo? ¿Hay suficiente misericordia para los fracasos futuros? Recuerda que las misericordias de Dios se renuevan cada mañana, es decir, son eternas. No tenemos que temer los fracasos futuros ni sentir que alguna vez se nos negará la misericordia de Dios. Así como el agua brota de la cascada de las Cataratas del Iguazú (en Argentina), así se derraman sobre nosotros las misericordias de Dios.

      Hermanos y hermanas, no siempre proclamaremos a Cristo como deberíamos. Me he preguntado: «¿Para qué intentarlo si sé que fracasaré?». Una respuesta que Cristo nos da es que su gracia es suficiente. Podemos sumar cualquier debilidad que tengamos y mirar a la gracia de Cristo, que es más que suficiente. A Dios le agrada obrar en la vida del creyente de tal manera que, aunque no lo merezcamos, recibamos beneficios buenos y positivos debido a la bondad de Dios hacia nosotros. Entonces, ¿qué pasa si fallamos de nuevo? ¿Deja Dios de ser digno de nuestra vida y devoción?

      ¡Proverbios 24:16 nos dice que el justo cae siete veces! Sin embargo, por la bondad inmerecida de Dios, el justo se levanta una vez más. ¡Esto es glorioso! La gracia de Dios es el mecanismo de poder que nos hace levantarnos después del fracaso de no proclamar a Cristo. Zacarías 4:6 proclama que las tareas divinas (es decir, proclamar el evangelio) no se lograrán por nuestro poder, sino por el Espíritu Santo. El Espíritu de gracia que reside en todos los verdaderos creyentes está cumpliendo los planes y propósitos de Dios Padre. Y sabemos que estos planes y propósitos ahora son accesibles para nosotros, gracias a la obra misericordiosa de Cristo en la cruz. 

      Después de haberte fallado en anunciar las buenas nuevas de Jesucristo, ¿cómo te levantarás de nuevo? ¿Cómo lucharás contra los miedos y las inseguridades del pasado y los que vendrán en el futuro? Efesios 6:10 nos instruye: «Por último, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza». Esta gracia de Dios es completamente suficiente para restaurar y revitalizar nuestro celo por proclamar a Cristo después de haber fallado en hacerlo.  

      Quizás te sientas derrotado. Al igual que yo, te sorprende y te desalienta Apocalipsis 21:8. 

      Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. (Apocalipsis 21:8)

      En nuestra derrota, nos identificamos con el primer grupo de personas que serán arrojadas al lago de fuego y azufre: los cobardes. Nuestra carne y el mundo nos acusan: ¿cómo se llama a una persona que conoce la verdad, pero tiene demasiado miedo de compartirla con los demás? Un cobarde. Es cierto, fuera de Cristo somos cobardes y fracasados, ¡pero en Cristo somos más que vencedores! ¿Cómo podemos superar nuestros fracasos evangelísticos? ¿Cómo nos convertimos en vencedores sobre nuestra carne, el mundo y Satanás que nos acusan? Apocalipsis 12:10 nos lo recuerda nuevamente: …por la sangre del Cordero y por la palabra de [nuestro] testimonio. 

      El testimonio que tenemos no es que seamos vencedores por nosotros mismos, sino que Cristo es el vencedor y todos los que están en Cristo por la fe son vencedores también. El cristiano puede perder múltiples batallas y desperdiciar numerosas oportunidades para el evangelio; sin embargo, es victorioso en Cristo. Los santos que nos han precedido, como Moisés y los profetas, todos fallaron en algún momento. El mano derecha de Cristo, Pedro, abandonó a Cristo, y nosotros hemos hecho lo mismo. Gracias a Dios, la redención nunca depende de que nosotros nos aferremos a Cristo, sino de que Cristo nos sostenga y nos guarde. La salvación de todos los que vienen a Cristo es dada por el Padre al Hijo, Jesucristo. De todo lo que el Padre le ha dado, Él no perderá ninguno, sino que lo resucitará en el día final. Para nosotros que nos sentimos derrotados, no confiemos en esos sentimientos. Confiemos en la verdad, ¡y la verdad es que tenemos victoria sobre nuestros pecados en Cristo! Gloria a Dios.

      Que estas cuatro verdades del Evangelio levanten tu cabeza para ver a Cristo cuando Satanás te arrastra a la desesperación. Sabemos que Dios está a nuestro favor porque es nuestro Padre celestial. Incluso cuando las nubes grises se ciernen sobre nuestra cabeza, recuerden que podemos refugiarnos en Cristo. Él desea que vayamos a Él. La misericordia y la gracia son las dos manos que Cristo nos extiende en nuestros fracasos, y debemos recordarnos a nosotros mismos que en sus manos nada se pierde. Aunque hayamos fallado en compartir el evangelio, la redención está al alcance de todos los que extiendan la mano y la agarren. Esta es la verdad gloriosa que proclamamos al mundo, pero es también la verdad que necesitamos recordarnos a nosotros mismos en repetidas ocasiones de fracaso, debilidad y desánimo. 

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