Adaptado del libro: capítulo 2, páginas 36–49.

No hay otro privilegio más grande; no hay un propósito más sublime; no hay una riqueza más valiosa; no hay un legado más honorable que ganar un alma para Cristo. Yo quiero convencerte de lo asombroso e increíble que es el privilegio de anunciar las buenas nuevas de Cristo. Quiero que entiendas el privilegio del evangelismo viendo la gloria sobre­abundante del evangelio y de su predicación para que seas llevado a participar más en este privilegio.

El enfoque de esta exposición fluye de la manera en que Pablo entendía su ministerio: «A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, se me concedió esta gracia: anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo» (Efe 3:8). Pablo se sintió muy honrado y privilegiado al ser encomendado con la predicación del evangelio de Cristo. El privilegio fluye de estas dos cosas: (1) nuestra pequeñez, y (2) la riqueza y grandeza de Cristo. Para entender mejor el privilegio del evange­lismo, tenemos que bajarnos más en nuestra propia estima, y elevar más en nuestras mentes la gloria de Cristo y Su obra.

Evangelizar es un privilegio porque nosotros somos polvo y cenizas, pobres pecadores, merecedores de la ira de Dios, lejos de ser dignos de colaborar con Dios. No merecemos ni un beneficio de los que Cristo brinda en el evangelio, pero nos ha dado en Él toda bendición espiritual y con ellas el privilegio de anunciar ese evangelio a otros. Esta es una labor más apropiada para ángeles, como aquellos que anunciaron las buenas nuevas a los pastores en la primera Navidad (Luc 2:8–14). No obstante, Dios ha decidido usarnos a nosotros, aunque seamos los más pequeños de los santos, para anunciar la gloria del evangelio. Nuestra vida es solo un soplo temporal, pero por este diseño glorioso Dios nos ha dado una oportunidad: que esta vida corta tenga un impacto para toda la eternidad. Siendo tan pequeños, frágiles y temporales, no merecemos esto; pero qué privi­legio que Dios nos ha llamado a ser sus ministros y proclamar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. 

En segundo lugar, al entender las glorias y riquezas de Cristo, se aumenta mucho más el privilegio de proclamar el evangelio a otros.

Debemos entender que el evangelio, aunque llega a su clímax en la manifestación de Cristo, su muerte y resurrección, no obstante, tiene su inicio en el plan y decreto eterno de Dios. Los eventos de la vida de Cristo se realizan porque Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo habían hecho un pacto eterno tocante a la reden­ción de un pueblo especial antes de la fundación del mundo. 

Pablo también declara el inicio eterno de este plan del evangelio, cuando explica la grandeza y gloria del ministerio pastoral a Timoteo y Tito: 

Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. (2Tim 1:8–9)

Este evangelio que Pablo predica, por el cual sufre con esperanza, al cual fue llamado y por el cual fue salvado es conforme a la gracia dada en la eternidad a los elegidos en Cristo Jesús. También lo dice a Tito: 

Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad, con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos. (Tit 1:1–2)

Esta vida eterna anunciada y predicada en el evangelio es conforme a una promesa eterna que Dios dio a sus elegidos en Cristo, su Cabeza Federal. 

El evangelismo, por lo tanto, no es meramente la proclamación de los eventos históricos de la vida de Cristo, aunque forman la parte central, sino que es la proclamación de un plan, promesa y propósito eterno del Dios trino en el pacto de redención en la eternidad. 

Esta realidad eterna del evangelio debe señalar algo a nuestras mentes con respecto a la historia de Dios antes de la venida de Cristo al mundo. Cristo vino al mundo, no conforme a un plan iniciado en ese momento ni un plan después de que todos los otros planes habían fallado, sino conforme al plan eterno. Es decir, por los cuatro mil años (más o menos) antes de la venida de Cristo al mundo, el enviar a Cristo siempre fue el plan de Dios. Su plan de dar vida eterna y salvación a un pueblo a través de la obra de Cristo siempre fue el plan desde antes del tiempo. 

Toda la Biblia revela —aunque en grados diferentes de claridad y dentro de un proceso progresivo— el glorioso evangelio cumplido en Cristo. El evangelio es una realidad gloriosa, multiforme y eterna, y requiere todo el testimonio bíblico para apreciar esa diversidad y multiformidad. Y es este testimonio completo que es revelado en todas las Escrituras, y anunciado en Cristo y los apóstoles, el que ahora compartimos con otros (1Cor 2:9-10).

El evangelio tiene tres puntos principales. Empieza en la eternidad pasada en el plan de Dios. Este plan toca la eternidad futura cuando ese pueblo escogido se lleva a la vida eterna. Pero, el punto central entre estos dos puntos es la vida de Cristo. Él es el centro de esta historia. Toda la revelación anterior era una preparación para su vida, y el ministerio del Espíritu que produce nuestra conversión y preservación hasta el final en nuestras vidas fluye de esta realidad. De hecho, la Biblia presenta la realidad de nuestro bautismo o unión con Cristo en el tiempo por la fe como la manifestación del hecho de que fuimos crucificados con Cristo y resucitados con Él en una relación pactual, Cristo siendo nuestra Cabeza Federal (Rom 5:12–19, 6:1–4). 

La Biblia habla del evangelio como en la eternidad y revelada progresivamente por todo el AT, pero también habla de que llegó en un momento destinado: «la hora» (Jua 17:1); cuando Cristo vino al mundo, vivió, sufrió, murió, fue sepultado, resucitó y ascendió a lo alto. Por ejemplo, Pablo habla de cómo la ley servía para preparar a los hombres para Cristo: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo laley, para que recibiéramos la adopción de hijos» (Gal 4:4–5). La ley nos estaba preparando para Cristo y nos apuntaba a los eventos de su vida que sucedieron «cuando vino la plenitud del tiempo». 

El evangelio que predicamos es el anuncio de un plan cumplido y de promesas cumplidas. Lo que Dios propuso antes de la fun­dación del mundo se ha llevado a cabo. Y lo que Él revelaba por medio de todos los profetas ahora se ha cumplido. ¡Qué privilegio anunciar el cumplimiento del plan de Dios en el cual manifiesta toda la riqueza de su gracia, amor, fidelidad y sabiduría! Este es el privilegio del cual nosotros participamos al evangelizar. 

El evangelista también debe entender que el evangelio es un plan completo. Es decir, la obra de Cristo es perfecta y suficiente para salvarnos. Pero esta salvación no solamente nos perdona, nos hace justos y nos reconcilia con Dios (Efe 2:1–9; Rom 4), sino también nos renueva y nos santifica (Efe 2:10; Rom 6–8), nos une los unos con los otros (Efe 2:11–12), y nos asegura la gloria eterna. Nos hace los hijos de Dios para disfrutar de comunión con Él (Jua 1:12–13). 

El evangelio de lo que Dios ha hecho en Cristo toca todo nuestro ser: «Y que nuestro Señor Jesucristo mismo, y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consuelo eterno y buena esperanza por gracia, consuele vuestros corazones y os afirme en toda obra y palabra buena» (2Tes 2:16-17). Pablo reconoce en este texto que el amor de Dios revelado en el evangelio nos consuela en nuestros corazones, y también cambia el fruto que producimos en palabra y obra. Nos cambia en el interior y también el exterior. 

Es decir, el evangelio que predicamos suple todas nuestras necesidades perfectamente. Trata perfectamente con el problema de nuestro pecado porque Cristo es la propiciación por nuestros pecados. Nos libra de la maldición de la ley porque Cristo se hizo maldición por nosotros (Gal 3:13). Nos reconcilia con Dios e incluso nos hace sus hijos para disfrutar de su comunión y presencia. Nos libra de la esclavitud al pecado y al diablo porque Cristo conquistó al hombre fuerte. Nos libra del temor de la muerte para vivir con valentía, confianza y esperanza. Nos llena con el poder del Espíritu Santo para la santificación y para mortificar el pecado remanente. Nos une los unos con los otros, incluso los que antes éramos enemigos. Nos da la gracia y amor para poder exhortar, amar, perdonar y servir a los demás. Cambia nuestras vidas en todo nuestro ser, y también en todas las esferas en que vivimos: como esposos, hijos, padres, ciudadanos, siervos, amos, miembros, etc. Nos capacita para cumplir la misión que Dios nos ha dado. Nos protege del error y nos preserva hasta el final. Nos muestra la verdad que creer y la vida que vivir, y nos da el poder espiritual para que nuestras mentes sean iluminadas a creer esa verdad y nuestros hombres interiores sean fortalecidos para vivir esa vida. Nos cambia en la mente, el corazón y la vida. Nos da una herencia eterna en los cielos con Cristo y asegura para nosotros el llegar allí por la obra del Espíritu Santo. En todo esto, vemos que el evangelio nos da mucho más que el perdón de los pecados. 

Por lo tanto, el evangelio es la respuesta para el alma sufriente bajo la culpa de sus pecados, es la respuesta para la persona que está luchando por obedecer a Dios, para el hombre que está buscando cumplir su misión y llamamiento de Dios, y para el que está luchando contra las aflicciones, los ataques del enemigo y los efectos de un mundo caído con enfermedad. El evangelio da esperanza para el futuro. Da acceso a Dios con confianza, y otorga la realidad constante de la comunión con Dios por el Espíritu y entre su pueblo. El evangelio también da la participación en la comunidad, incluyendo el beneficio de los dones de otros, y concede la obra constante del Espíritu Santo. 

El evangelio es el plan perfecto de Dios que se lleva a cabo en la vida de Cristo. Por lo tanto, nuestra predicación del evangelio no es meramente la predicación del perdón —aunque es uno de los beneficios principales del evangelio— sino que la salvación del evangelio es un paquete glorioso de «todas las bendiciones espirituales» que están disponibles para todos los que están unidos a Cristo por la fe (Efe 1:3). 

Esto brinda un estímulo enorme para evangelizar. Sin importar el caso particular de la persona, sin importar el pecado que lo esclavice, el temor que lo domine, el conflicto que le preocupe, la aflicción que lo abata, el evangelio es lo que necesita. Evangelizamos a personas con grandes necesidades, porque Cristo es lo que necesitan para todas estas cosas. Su mayor problema es que sus pecados lo han alejado de su Creador —para quien fueron creados—, pero el evangelio resuelve este y todos los otros problemas que vienen como producto de esta gran fuente de males. No hay nadie con quien hablemos que no necesite del evangelio. El evangelio es el remedio para toda persona, sin importar la manera particular en que este problema se manifieste en su vida. 

Hemos visto la realidad gloriosa de que la salvación es una obra eterna y completa del Dios trino —Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero, en alguna manera misteriosa y asombrosa, el Dios trino ha decidido no solamente salvar un pueblo y traerle a disfrutar de comunión eterna con el Dios trino, sino también incluir a su pueblo en la realización de esta obra. Nosotros no salvamos a nadie, ni podemos; pero Dios nos ha incluido en el cumplimiento de esta obra de la salvación para que seamos los que prediquemos, anunciemos, proclamemos, exhortemos e imploremos. Nosotros somos parte de esta salvación trinitaria por medio del poder del Espíritu que acompaña nuestras labores. 

¿Cómo no amar a un Salvador tan glorioso y tan perfecto? No solamente nos ha salvado, sino también nos ha dado el gran privilegio de ser colaboradores con Él en llamar a Su pueblo elegido de las tinieblas a Su luz admirable. Al entender nuestro estado y la gloria de lo que Cristo ha hecho en el evangelio, entendemos mejor el privilegio del evangelismo. Esta realidad nos llena de amor por Cristo y así de un anhelo que otros lo amen también. Cristo ha dado su vida por nosotros, ahora con gozo podemos dar nuestras vidas por él y por contarles a otros de su obra salvadora. Al ver las riquezas inescrutables del evangelio, debe encender en nosotros un amor más profundo por Cristo y así una diligencia más gozosa en el momento de compartir las buenas nuevas con otros. Podemos resumir muy sencillamente este privilegio en la frase de Pablo cuando dice:


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