La Biblia afirma claramente que somos salvos por la fe en Cristo (Efe 2:8; Rom 3:24–2; Gal 2:15–16). Pero ¿Qué significa tener fe en Cristo? El concepto es un poco abstracto y puede causar confusión. En esta publicación, espero explicar e ilustrar en una manera clara la naturaleza de la fe salvadora (véase también 2CFBL 14).

La fe es el acto de confesar la verdad de Cristo en Su vida, muerte y resurrección y aferrarse de Él como la única esperanza de salvación. La fe es lanzarse sobre la roca firme en medio de la tormenta o correr a un refugio en medio de una batalla. La fe no nos salva como tal, sino que nos une con esa roca firme que es Cristo quien nos mantiene seguros en medio de la tormenta.

La fe no es simplemente creer que Cristo existió, ni simplemente que vivió, murió y resucitó; la fe es aferrarse de Cristo, abrazar a Cristo y descansar en Cristo. La fe es confesar sinceramente del corazón que solo Cristo me puede salvar y que yo confío en Él. La fe dice que no me atrevo a ir delante de Dios en mis propias vestiduras manchadas, sino voy a llevar las vestiduras blancas de la justicia de Cristo a ese tribunal y confío en que Él me llevará a la justificación y la vida eterna. Consideremos en más detalle la naturaleza de esta fe. Esto nos ayudará a asegurar que tengamos una fe verdadera y a detectar sus falsificaciones. 

La fe verdadera tiene tres partes: 

  1. Conocimiento (notitia)
  2. Asentimiento (assensus)
  3. Aferramiento/confianza(fiducia)

Estas son como ladrillos en una construcción. Cada uno pone el lugar para el siguiente, y cada uno depende de los anteriores. No podemos confiar en algo si no estamos de acuerdo con su veracidad, y no podemos aceptar su veracidad si no lo sabemos. 

La primera parte de la fe es el conocimiento. El conocimiento es el estar consciente de y aceptar los hechos de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Esto es lo que también se llama una “fe histórica”. En este sentido, la fe viene por el oír. ¿Cómo pueden creer en algo del cual no han escuchado? (Rom 10:13–17). Este conocimiento viene con un reconocimiento de ciertas verdades o proposiciones doctrinales. Esta parte de la fe cree que Cristo nació de la virgen, que realmente vivió justamente, que murió en la cruz bajo Poncio Pilato y que resucitó el tercer día (Jn 20:31; Rom 10:9; 1 Jn 5:1; comp. El Credo Apostólico).

Una afirmación clave en esto es creer que Jesús es el Cristo o el Salvador y que por Su muerte y resurrección nos da el perdón de todos nuestros pecados. Este conocimiento incluso puede expresarse en una confesión pública al decir delante de otros que Cristo realmente murió y resucitó el tercer día. En este punto, vemos el rol importante de la predicación de la palabra y el evangelismo (1 Cor 1:21). Sin escuchar el anuncio de las buenas nuevas, nadie puede ser salvo. Si no conoce el evangelio, no lo puede creer.

Por otro lado, no todos los que conocen estas verdades tienen una fe verdadera. Esta fe histórica necesita también de las otras dos partes. Esta fe histórica no es suficiente en sí, pero no existe la fe verdadera sin una fe histórica. Por lo tanto, si alguien conoce las verdades del evangelio, no nos rendimos ni los frustramos, sino seguimos enfatizando que esta historia presenta la solución a su problema más importante y que deben aferrarse personalmente de esta historia y el Salvador presentado en ella. 

Aplicación: Esto me sucede mucho al hablar con mis hijos. Ellos han escuchado las verdades del evangelio toda su vida, y les es fácil creer que estas cosas son verdaderas. Y cuando hablamos de la salvación por la fe, dicen: «Sí creo en el Señor». Normalmente lo que esto representa es una fe histórica. En este momento, sería fácil caer en el error de frustrarlos diciendo: «Pero no crees de verdad». Imagínate un niño escuchando esto: «Crees pero no crees». !Qué confuso! Antes bien, debemos animar esta fe y cultivarla más, sabiendo que una fe histórica pone el fundamento para una fe salvadora, y que nunca ha existido una fe salvadora que no haya comenzado como una fe histórica. Si tus niños creen la verdad de la historia del evangelio, !qué bueno! Están en buen camino y están más adelantados que muchos a lo largo del mundo que no han escuchado de Cristo. Para cultivar esta fe más, podemos aprovechar las oportunidades de preguntas profundas que nos hacen y de sus pecados manifestados, para recordarles de su necesidad y recordarles que Cristo no simplemente vivió una vez sino que sigue ofreciéndonos precisamente el remedio que necesitamos para ser librados y perdonados de nuestros pecados. Así los invitamos e imploramos a conectar la obra pasada de Cristo con la necesidad presente de sus propias vidas. Además, seguimos clamando por sus vidas delante del trono de la gracia para que Él abra sus corazones para recibir estas palabras.

La segunda parte de la fe verdadera es el asentimiento. El asentimiento es más que simplemente saber que Cristo vivió y murió, sino es aceptar la veracidad de que estas obras de Cristo ofrecen beneficios veraces que corresponden perfectamente a nuestras necesidades. No solamente lo sabemos cómo un hecho histórico, sino también asentimos o damos nuestro acuerdo que esta historia es verdad y es una fuente de verdadera salvación. Un autor lo define así:

El asentimiento (assensus) se refiere a la convicción intelectual o cognitiva de que el conocimiento que uno ha adquirido sobre Cristo es realmente cierto y que las disposiciones del evangelio de Cristo corresponden exactamente a las necesidades espirituales reales (no necesariamente «sentidas») de uno.[1] 

Por lo tanto, tenemos que conocer la historia del evangelio y tenemos que aceptar que esta historia provee el único camino verdadero de salvación para los pecadores. 

¿A qué cosas la fe asiente? En un sentido, la fe acepta generalmente todo lo que Dios dice en la Biblia. La fe se ejerce en leer todas las historias y afirmaciones y enseñanzas de la Biblia. Sin embargo, simplemente conocer las historias del Éxodo o de David no salvan, pero tampoco salva simplemente conocer las historias de la vida de Cristo. En otro sentido, la fe salvadora asiente específicamente a la verdad del evangelio—de la obra salvadora de Cristo en Su vida, muerte y resurrección. Asiente a que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó el tercer día para darnos nueva vida y justificación delante de Dios. En general, cree toda la Biblia, pero de manera específica y salvadora, asiente a la verdad de Cristo en el evangelio. Esto es lo que Dr. Waldron llama «el blanco de la fe«; en esto descansa nuestra fe: el evangelio glorioso de Cristo. 

En tercer lugar, la marca más distintiva de la fe verdadera es la confianza. Ninguna fe falsa tiene este elemento verdaderamente. Podemos pensar que existe, pero solo la fe verdadera sinceramente confía en Cristo. Esta tercera parte es la confianza, en la cual nos aferramos para nuestra salvación personal de Cristo y toda su obra redentora. Como un autor dice: 

Es precisamente este tercer elemento, la confianza, el acto más característico de la fe salvadora, ya que el pecador, de manera cognitiva, afectiva y volitiva, transfiere toda su confianza en el perdón, la justicia y la purificación, alejándose de sí mismo y de sus propios recursos, en un abandono completo y total a Cristo, a quien recibe con alegría y en quien solo descansa por completo para su salvación.[2]

La Biblia describe esta tercera parte con una variedad de metáforas que ilustran la idea de confianza muy claramente:

Por ejemplo, usando la historia de la serpiente levantada de Números 21:9, Juan 3:14–15 nos llama a mirar al Cristo levantado en la cruz. En un sentido, esta invitación es un poco rara. Cuando las serpientes mordieron a los israelitas, el pueblo tuvo que confiar en Dios y el llamado de Moisés mirando a la serpiente de bronce levantada en la vara. En vez de correr a sus propios medios para sanarse de la herida, tuvieron que aceptar el remedio que Dios ofreció. Seguramente algunos obstinadamente rehusaron mirar diciendo que era ridículo creer que simplemente mirar a una serpiente de bronce pudiera salvar de la mordida fatal. De la misma manera, el mirar a Cristo es apartar nuestros ojos de esas otras cosas a las cuales miramos para justicia o aceptación delante de Dios, y mirar solamente a Él y Su obra en la cruz.

Segundo, otro texto (Jn 6:50–58) describe la fe como comer y beber de Cristo. Esto comunica una dependencia completa. Como uno depende por su vida del agua y comida que recibe en su cuerpo, de la misma manera nuestra salvación y vida espiritual depende de Cristo. Comemos a Cristo y bebemos de Él en fe confiando que Él es fiel y capaz de darnos vida.

Tercero, el Antiguo Testamento usa la imagen frecuente de refugiarse (Joel 3). Presenta a Dios y Sus promesas como un baluarte, torre fuerte, castillo o escudo en el día de la destrucción. Por fe, nos apartamos de nuestra propia fuerza, y corremos a escondernos en Él esperando que Él nos libre y nos proteja, y esperando que Él nos salve de la ira venidera por la obra de Cristo. 

Esta parte de la fe va de la mano con el arrepentimiento, porque al aferrarnos por completo de Cristo, tenemos que abandonar otras cosas en las cuales antes confiábamos. En el Nuevo Testamento, esta fe salvadora se presenta consistentemente en contraste con las obras. La fe salvadora deja de confiar en sus propias obras o un sentido de su propia justicia, y se aferra completamente de la gracia de Dios en Cristo (Rom 3:28; cap 4; 9:32; Gal 2:16). Como Pablo dice:

Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda; 5 mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia. (Romanos 4:4-5)

El Nuevo Testamento afirma claramente que la fe es el único medio por el cual somos salvos. No es por fe y un poco de obras, sino es solamente por fe. La fe se despoja de toda supuesta justicia, y se aferra completamente de Cristo. La fe tampoco es una obra que uno hace para ganar la salvación, sino la fe es una recepción pasiva de la obra de Cristo en nuestro lugar. 

La salvación se basa en la promesa de Dios quien no puede mentir y es la verdad misma. La fe reclama la veracidad de estas promesas y se aferra de ellas. La fe ve las promesas de Dios como rocas firmes y fuertes y se lanza sobre ellas. No mira a lo que ven sus ojos, ni lo que razona su mente, sino recibe la verdad de quién es Dios, la verdad de lo que Cristo ha hecho en Su muerte y resurrección y la veracidad de Sus promesas que todos los que creen en Él tendrán la vida eterna. No considera su estado inmerecido, su condición de muerte espiritual, ni trata de ganarlo por sus obras fuerzas, sino que descansa y recibe con mano abierta la gracia de Dios ofrecida en Cristo.

¿Usted cree en el evangelio? ¿Conoces la verdad del evangelio y la puedes expresar, aunque sea de manera sencilla? ¿Asientes a la verdad de Cristo y que Él realmente es capaz de salvación del pecado y la ira de Dios? Quizás puedas decir que sí a estas preguntas, pero ahora reconoce que tú necesitas precisamente de la salvación que solo Cristo da. Despójate de las confianzas falsas y aférrate de Cristo, el único Salvador suficiente, fiel y veraz.


[1] Robert L. Reymond, A New Systematic Theology of the Christian Faith (Nashville: T. Nelson, 1998), 728.

[2] Robert L. Reymond, A New Systematic Theology of the Christian Faith (Nashville: T. Nelson, 1998), 728–729.

Se le recomienda esta publicación que habla del fenómeno de confianzas falsas y las cosas que comúnmente se sustituyen en lugar de Cristo.

Además, se recomienda este libro para seguir creciendo en la comprensión de qué son la fe y el arrepentimiento bíblicos.

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