Adaptado del libro: capítulo 4, páginas 55–61.
El llamado bíblico a compartir el evangelio es claro: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mar 16:15). Sin embargo, esto es un llamado muy abrumador: ¿Debo predicar a toda criatura? Ningun individuo tendrá la oportunidad de predicar a toda criatura, pero no debemos dejar que lo abrumador de este llamado nos impida de poner nuestras manos a la obra. Entonces, ¿Por dónde debo empezar? Esta publicación busca darte algunos principios para saber cómo empezar la evangelización en tu vida. La meta es hacer que el evangelismo sea nuestro estilo de vida, pero tenemos que empezar primero.
Antes de empezar, hay que aclarar algo. Ciertamente esto es un llamado muy abrumador. Así que, damos gracias a Dios que no estamos solos en esta labor, sino que nos unimos con toda la iglesia de Cristo a lo largo de la historia y el mundo actual en esta comisión. Como dijimos, ningún individuo puede cumplir esta misión solo, pero trabajando en cooperación con los santos fieles de toda la Iglesia Universal, tenemos la esperanza de alcanzar a nuevas personas y dar testimonio de Cristo donde no se ha predicado antes. debemos siempre entender que el evangelismo es tanto una labor individual del cristiano como también la comisión de la iglesia local. Por eso, en cada esfera debemos hacer nuestra parte; y al mismo tiempo cooperar con la iglesia local o con otras iglesias para alcanzar áreas más grandes. Damos gracias a Dios que no somos responsables por todas las almas del mundo, de lo contrario siempre fracasaríamos. De hecho, Cristo mismo reconoce esta verdad e instruye a sus discípulos a orar al Señor de la mies para que envíe más obreros, ya que la mies es mucha y está lista para la cosecha (Mat 9:35–38). No obstante, ¿sobre quienes sí tenemos responsabilidad? ¿Cómo podemos terminar nuestra carrera con una limpia conciencia de haber hecho nuestra parte?
Nuestra responsabilidad sigue lo que se llama el principio de la subsidiaridad. Es decir, cada uno tiene varias esferas de responsabilidad. Las esferas más cercanas conllevan mayor responsabilidad, mientras que las esferas más lejanas involucran menos, aunque no las descuidamos por completo. Por ejemplo, algo parecido lo vemos con los apóstoles que empezaron por Jerusalén, después se extendieron a la región de Judea, después a Samaria, y después a los confines de la tierra (Hch 1:8; cf. Luc 24:47). Nuestra responsabilidad sigue un patrón parecido: empezamos por nuestra propia casa, nuestras propias áreas de mayor influencia, después al resto de nuestra ciudad, nuestro país y el mundo.
Empezar en Casa
En primer lugar, como padres cristianos, debemos evangelizar a nuestros niños. Nuestros niños nacen en un contexto lleno de muchos privilegios al estar en una familia que conoce el evangelio y busca vivirlo prácticamente. Pero, nuestros niños necesitan también del evangelio. Ellos también son pecadores, y por eso, el evangelio es también para ellos, como Pedro dice: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hch 2:39). Nuestros niños no nacen ya salvos por nacer en un hogar cristiano. La salvación es solo por la fe personal en Cristo. Nadie puede creer por alguien más.
Yo crecí en un hogar cristiano y por un tiempo suponía ser salvo porque mi padre era el pastor e iba todos los domingos a la iglesia, de hecho, vivíamos al frente de la iglesia. Pero estas cosas no produjeron por sí (Ex opere operato) una fe y conocimiento salvadores de Cristo.
Tenemos el gran privilegio de ser los primeros en predicar el evangelio a nuestros niños. Yo quiero que mis niños escuchen de Cristo y su amor desde la primera oportunidad de mi propia boca, primeramente. ¡Qué privilegio predicarle el evangelio a alguien por la primera vez! Tú también tienes este privilegio en la vida de los nacidos en tu casa. Estando con ellos todos los días, tienes la oportunidad para apuntarles al evangelio en cada día, cada culto familiar, cada discusión familiar, cada corrección, cada confesión de pecado, etc. Podemos saturar sus vidas con el evangelio. Empecemos bien en este deber, dando el evangelio consistentemente a nuestros niños.
Nuestras Relaciones Cotidianas
En segundo lugar, debemos considerar esas otras áreas de mayor influencia. Tengo dos lugares principalmente en mente: nuestra familia extendida y nuestro trabajo o la escuela. En estos lugares, tenemos la oportunidad para desarrollar relaciones duraderas y cercanas con muchas personas. Esto puede y debe proveer un lugar muy fructífero para la evangelización. Pasamos más tiempo con estas personas —nuestros familiares y nuestros compañeros— más que todos los demás. Donde hay más oportunidad, hay más responsabilidad. Tenemos mayor responsabilidad para con aquellos con quienes tenemos contacto constante debido a la misma providencia, que con la persona con quien nos topamos una sola vez en toda la vida en la calle. Fue Dios mismo quien puso estas personas en tu vida, y quizá fue precisamente para poder usarte como su instrumento en la salvación de sus almas.
Nuestra Localidad
En tercer lugar, podemos extender este círculo a nuestra ciudad. Además de las personas con quienes tenemos relaciones, también nos encontramos con otras personas regularmente en el mercado, en la calle, en el bus, en el registro civil, etc. Dios también ha determinado en su providencia todas las almas que viven en tu ciudad, y puede usar esta providencia para que se conviertan a través de tu testimonio, como lo que pasó con la mujer samaritana. No es por casualidad solamente que esa familia de otra provincia o de otro país se encuentra viviendo en tu calle. No es por casualidad que esa mujer venezolana está todos los días en tu ruta al trabajo. No es por mera casualidad que ves las mismas personas en el mercado cada semana. Además, no es por mera casualidad que tú naciste aquí, o cuando mudaste de tu país o ciudad natal que el Señor te trajo aquí. Dios te tiene aquí, y te puede usar para Su gloria y la extensión de Su reino.
En las primeras dos esferas, no tenemos que ser intencionales para tener oportunidades; ya que pasamos tanto tiempo con estas personas las oportunidades se presentan naturalmente. Antes bien, necesitamos la sabiduría y valentía para aprovechar esas oportunidades. Pero, para alcanzar la ciudad más allá de este círculo más íntimo sí se requiere intencionalidad para que se presenten las oportunidades. Esto puede ser a través de ministerios de alcance en la iglesia local, formando relaciones con aquellos que ves regularmente, como los señores del mercado, o los cajeros en el supermercado, o los choferes del bus o los otros pasajeros que te acompañan mucho, etc. Puedes empezar conversaciones con estas personas, y usar estas relaciones para presentar el evangelio y dar testimonio de lo que Cristo ha hecho en tu vida. Además, puedes repartir folletos evangelísticos a estas personas, hablar con personas en la calle o en un parque, invitar a estas personas a la iglesia, etc. Repito también el punto anterior, en todos estos lugares no estás solo. La iglesia local te acompaña también en oración y en compañerismo en actividades evangelísticas.
Un Peso Espiritual
Además, debemos tomar en cuenta a esas personas que Dios pone en nuestros corazones de manera especial. ¿Te acuerdas de Felipe y el eunuco? Aunque no debemos esperar oportunidades evangelísticas así de milagrosas —siendo transportado milagrosamente en el Espíritu a otro lugar, etc.—, creo que el Espíritu sí obra en nuestras almas para darnos un peso más grande por ciertas personas (cf. 2Cor 8:16). Por ejemplo, el ministerio de Pablo se dirigió más específicamente a los gentiles mientras Pedro y Jacobo se dedicaban más a los judíos (Gal 2:9). Esto fue debido a un llamado divino particular que Dios le dio a Pablo y a los otros apóstoles. No estoy hablando de una nueva revelación, sino que es el Espíritu Santo guiándonos a aplicar la verdad de la Palabra —nuestro deber de amar a otros y predicar el evangelio— al caso específico de cierta persona o grupo que providencialmente está en nuestra vida. Por esto, puedes considerar si el Señor te ha dado un peso en el corazón por cierta persona. No digo que esperes este peso y no hagas nada hasta que venga, sino que debemos orar que el Señor nos use conforme a su voluntad y esto es una manera en que frecuentemente opera en su pueblo.
Puede ser que el Señor te ponga un peso en el corazón por los pobres, por madres solteras, por huérfanos, por los criminales de la cárcel, por la señora con sus tres niñitos en la tienda de la esquina, por el cajero del supermercado que ves cada tanto, por el vecino que vive unas casas de ti, por la familia venezolana pidiendo dinero en el semáforo, y muchas otras posibilidades. Cuando tienes el deseo de llamar a un compañero del colegio con quien no has hablado por muchos años, puede ser precisamente esta moción del Espíritu. Debemos ser sensibles a estas mociones especiales del Espíritu, atrayendo nuestro corazón en compasión para con cierta persona.
Los Confines del Mundo
En cuarto lugar, debemos extendernos más allá de nuestra ciudad a nuestro país y luego al mundo. Pero aquí, empezamos a ver más claramente nuestras limitaciones. Por esto, tenemos que cooperar con otros en esta labor. Primero, podemos hacer esto por considerar si el Señor nos está llamando al servicio pastoral o misionero. En segundo lugar, si Dios no nos ha llamado así; aun así, podemos orar por esas labores misioneras; participar en campañas de varias iglesias para alcanzar la nación; ser intencionales en nuestra iglesia para levantar hombres para la mies y enviarlos; apoyar económicamente la labor de misiones, etc. Hoy en día, incluso el compartir el sermón del domingo en tu página de Facebook puede ser algo que el Señor use.
Conclusión
En el día del juicio, es improbable que Dios nos pregunte: «¿Por qué no compartiste el evangelio con ese niño pequeño de la calle en Sudán, África?». Pero, es seguro que nos va a preguntar si compartimos el evangelio con nuestros niños, si dimos testimonio ante nuestra familia o en nuestro trabajo, etc. La idea de la libre oferta que es para todos no nos debe abrumar; sino más bien, nos debe llenar con valentía, amor y confianza para predicar el evangelio a toda alma que Dios ponga en nuestro camino; y saber que el evangelio también le da la oferta de vida eterna si cree en Cristo. Hay almas justo a nuestro alrededor que están en necesidad desesperada de Cristo, y el evangelio que nosotros confesamos es su única esperanza. Hay almas que fueron creadas para Dios, pero ahora están alejadas de Él por sus pecados, y tú tienes la palabra de reconciliación por la cual tú también fuiste reconciliado con Dios a través de Cristo. Al leer esto, ahora es tiempo de poner nuestras manos al arado y comenzar a compartir el evangelio con aquellos que Dios ha puesto en nuestra vida.



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