Esta es la segunda parte de una serie sobre Filipenses 3:1–11. Se puede encontrar la primera parte aquí.
En la primera parte de este estudio sobre Filipenses 3, vimos en los primeros versículos varios de los sustituos que suelen ponerse en lugar de Cristo. Consideramos la insuficiencia de confiar en nuestra identidad familiar, el grupo al cual pertenecemos, obras religiosas o una justicia superficial, y afirmamos que ninguno de estos sustitutos puede salvar, sino solo Cristo. En el resto del pasaje, versículos 7–11, veremos porque Cristo es tan superior a estos sustitutos.
7 Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. 8 Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, 9 y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, 10 y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte, 11 a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos. (Filipenses 3:7–11)
Después de listar las varias cosas en las cuales Pablo confiaba carnalmente, ahora expresa como su conversión a Cristo consistió en una renuncia de todas estas cosas. Pablo gozosamente perdió todas estas cosas: familia, su lugar elevado entre los fariseos y su confianza en su propia justicia, porque encontró en Cristo algo tan superior a todas estas cosas. Todo sustituto carnal fue insfuciente para salvarlo, pero en Cristo encontró al único verdadero Salvador de los pecadores.
Pablo sufrió mucho por causa de Cristo. Convertirse en cristiano lo hizo enemigo de muchos judíos y del grupo donde antes pertencía. Incluso estos judíos luego lo arrestaron y trataron de matarlo. Sin embargo, como Moises (Heb 11:25), se regocijó en perder todas estas cosas para tener a Cristo. Para Pablo, y para todo cristiano verdadero, Cristo es lo más hermoso y lo más excelente. No hay nada que compara con Él en todo el universo. El puritano John Flavel capta muy bien este amor por Cristo:
“Es una consideración especial para realzar el amor de Dios al dar a Cristo, que al darlo dio la joya más rica de su gabinete; una misericordia del mayor valor, y del valor más inestimable, el cielo mismo no es tan valioso y precioso como lo es Cristo: Él es la mejor mitad del cielo; y así lo consideran los santos, Sal. 73:25.
— John Flavel
Aunque según estandares humanos, Pablo se hizo pobre al convertirse a Cristo, realmente se hizo entre los más ricos. Y con gozo pudo hacerse pobre por Cristo porque Cristo mismo, siendo rico, se hizo pobre para que fuéramos eterna y espiritualmente ricos en Él (2 Cor 8:9). ¿Cuales son las riquezas excelentes que el cristiano recibe en Cristo? ¿Por qué Pablo pudo regocijarse en perder tanto en este mundo? Pues, el pasaje y su contexto nos enseñan 5 excelencias de Cristo.
Excelencia 1: Su Humildad
En primer lugar, Cristo es superior a la jactancia carnal por Su hermosa humildad. La jactancia de la carne en Pablo va así: No soy una persona cualquiera, soy israelita. Pero no soy un israelita cualquiera, sino soy fariseo. Pero no soy fariseo cualquiera, sino soy de los más celosos. Pero no soy un celoso cualquiera, sino soy de los que guardan la ley sin falla.
Sin embargo, Cristo es muy diferente. En Filipenses 2:5–11, vemos que Cristo se humilló en todas estas áreas. Cristo, siendo Dios mismo, se hizo hombre. Pero no se hizo un hombre cualquiera, se tomó la forma de siervo. Pero no se hizo un siervo cualquiera, sino se hizo un siervo quien muere por Su pueblo. Pero no murió una muerte cualquiera, sino se sometió a la muerte por la cruz.
En todas las maneras que el hombre se exalta vanamente, Cristo se ha humillado. Y se humilló así para servir y morir por Su pueblo para su redención eterna. Esto es una excelencia de Cristo porque en esta humildad, el Padre lo ha exaltado sobre todas las cosas. De verdad, no hay nadie como Cristo ahora en Su gloria, porque no ha habido ningún hombre como Él en Su humildad.
Excelencia 2: Su Justicia
En contraste con la justicia carnal y superficial de los fariseos, Pablo encontró una excelencia superior en Cristo: una justicia perfecta y verdadera. Como dice: «ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe» (v. 9). En Cristo y solamente en Él, hay verdadera justificación. La ley no puede justificar a un pecador. Solo lo condena. Pero por fe en Cristo, el creyente recibe la imputación de la justicia de Cristo. Cristo tomó nuestros pecados en Su muerte en la cruz, y ahora Su justicia es acreditada a nuestra cuenta. Ahora, no paramos delante del tribunal de Dios con los trapos sucios de nuestras obras perversas, sino vamos vestidos de las vestidruas blancas de la justicia de Cristo mismo. Esto es confirmado en otros versículos también:
Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. (2 Cor 5:21)
siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia… (Rom 3:24–25a)
y que de todas las cosas de que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés, por medio de El, todo aquel que cree es justificado. (Hch 13:39)
Vemos una experesión del arrepentimiento de Pablo aquí. Al convertirse en cristiano, renuncia su confianza en la justicia propia y busca solo identificarse con la justicia de Cristo mismo. No apela a ninguna obra o cumplimiento propio de la Ley, sino solo quiere vestirse de la justicia de Cristo. Así es todo cristiano verdadero. Deja de confiar en sus propias obras, para tener la justicia superior de Cristo mismo—una justicia perfecta y completa.
Excelencia 3: Su Poder
Pablo hizo muchas obras celosas y maravillosas en su vida como fariseo. Salió de su país buscando cumplir la misión de su partido. Muchos hoy pueden hacer obras maravillosas y poderosas pero aun no conocer a Cristo. Piensa de los hombres de Mateo 7 quienes hicieron milagros y echaron fuera a los demonios pero Cristo les dice, «No los conozco». Sin embargo, en Cristo, hay verdadero poder. La vida en la carne es una de esclavitud. La ley no da poder al pecador para cumplirlo ni para escaparse de ningún pecado. Sin embargo, en Cristo hay verdadero poder: «conocerle a Él, el poder de su resurrección«.
Este poder es poder de resurrección. Es un poder que rompe las cadenas del pecado, que hace nuevas criaturas, que resucita a los muertos espirtuales y que da verdadera victoria sobre el pecado y el Diablo. En este poder, Satanás pronto será aplastado bajo nuestros pies tambien (Rom 16:20). Es cierto que el cristiano sigue en una lucha de santificacion contra el pecado, pero ahora hay verdadero poder para darnos victoria y gracia para seguir firmes en la tentación. Como Pablo dice en Romanos 8:
Y si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. 11 Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. (Rom 8:10–11)
En Cristo, nos da la excelencia de Su poder en la persona del Espíritu Santo. Él viene a morar en nosotros. Este Espíritu es el mismo que resucitó a Cristo, y ahora está activo en la vida del creyente dando muerte (mortificación) a los pecados remanentes, y resucitando obras de justicia. Ninguna ley ni celo carnal puede lograr lo que hace el Espíritu en el hijo de Dios más pequeño.
Excelencia 4: Su Consuelo
En el siguiente punto, Pablo dice algo un poco extraño. Una de las excelencias de Cristo es «la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte«. La vida cristiana conlleva sufrimiento (2 Tim 3:12; Jn 16:33). Cristo, el maestro, sufrió y murió, y de la misma manera sus discípulos pueden esperar lo mismo en este mundo que sigue tan hostil a la santidad como era en Sus días. Sin embargo, el sufrir como cristiano es un privilegio glorioso.
Cuando uno sufre como cristiano, puede estar seguro de que estos son los mismos sufrimientos de Cristo mismo. Cristo vino al mundo para sufrir, en vida y en muerte. Por un lado, sufrió por nosotros para redimirnos del pecado y la maldición de la Ley. Por el otro, sufrió por nosotros para ser nuestro Sumo Sacerdote, conociendo peronslamente todas nuestras debilidades y tentaciones.
14 Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. 16 Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna. (Heb 4:14–16)
Así, Cristo nos acompaña (participación) en cada sufrimiento, nos consuela por Su Espíritu e intercede adecuadamente por nosotros delante del trono del Padre. Ahora, los sufrimientos no vienen sin consuelo, sino con la dulce presencia del Buen Pastor quien va con cada oveja al valle de Sombra de Muerte. Además, usa estos sufrimientos en nuestras vidas para nuestro bien: para conformarnos a Su imagen, darnos oportunidades para dar testimonio de Él, equiparnos a consolar a otros y prepararnos para la entrada en el descanso celestial.
La vida en este mundo inevitablemente trae sufrimientos, pero solo en Cristo hay consuelo y propósito en medio de cada uno de ellos.
Excelencia 5: Su Esperanza
Finalmente, Pablo termina con una última excelencia. Esta da razón a porqué quiere participar de los sufrimientos de Cristo, incluso hasta la muerte. Dice: «a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos» (v. 11). Pablo se regocijó en perder todo lo temporal e insuficiente de este mundo, porque sabía que lo que ganó en Cristo no fue solamente superior en esta vida sino tambien en la vida venidera. En Cristo, recibió esperanza de participar de la resurrección futura en que cada creyente será restaurado, en cuerpo y alma, y recibirá entrada abierta a participar de la gloria de Cristo por toda la eternidad. Como Cristo murió y resucitó, esperaba morir con Cristo en esta vida para poder resucitar con Cristo en la vida eterna.
Cuando lo perdió todo, recibió a Cristo, pero con esta esperanza sabe que no tiene a Cristo solo por ahora, sino lo recibirá en los cielos por toda la eternidad. Sabe que la oración del Hijo no será desatendida:
Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. (Jua 17:24)
La carne solo da la apariencia de riqueza para esta vida, pero es temporal y toda su gloria termina con esta vida. Como la flor del campo, pronto se marchita y muere. Pero la gloria de Cristo solo empieza a brotar en esta vida y su pleno florecimiento viene en la vida futura. Ningún sustituto da esperanza tanto para esta vida como la vida venidera. Solo se encuentra en Cristo Jesús.
Conclusión
En conclusión, hoy considera tu alma. Asegúrate que no estés confiando vanamanete en estos sustitutos que no satisfacen ni te pueden asegurar. Renuncia estas cosas y en fe humilde y sincera confía en Cristo y recibe las excelencias superiores de Cristo. No hay nada que compara con Cristo. Recibe a Cristo, y también podrás decir con Pablo: «yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo«. ¿Por qué no crees en Él hoy? No demores más. Ven a Cristo, sé hallado en Él, y encontrarás excelencias sin par entre lo mejor que el mundo tiene para ofrecer.
¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. (Salmo 72:35–26)



Deja un comentario