Si es una predicación desde el púlpito o una conversación evangelística en la casa o en la calle, los pecadores suelen presenetar una plétora de excusas al llamado del evangelio. En esta publicación, se reproducirá un sermón del bautista particular del siglo XVIII, Benjamin Beddome, que presenta varias respuestas a estas ocho excusas comunes. Esta publicación se puede compartir libremente con los amigos, o se puede usar para equipar a los evangelistas con respuestas a estas mismas excusas que siguen dándose hoy en día.
Y todos a una comenzaron a excusarse…
Lucas 14:18
¿Cuál podría haber sido la razón de semejante conducta? ¿Fueron llamados a algún ejercicio laborioso o a soportar un sufrimiento doloroso? No, [sino que] habían sido invitados a un banquete, uno que el Señor había provisto. Es más, fueron invitados a comer con Él. Los hombres aman sus placeres y acudirán a su primera invitación, y a veces ni siquiera necesitan una. Sin embargo, aquí muestran una arraigada aversión. Irán a una taberna, al teatro o a cualquier otro lugar de vano entretenimiento; pero llámalos a Cristo, y a una comenzarán a excusarse.
«No tengo necesidad de un Salvador»
En primer lugar, algunos dirán que no tienen necesidad alguna de venir a Cristo. Esto surge de la insensibilidad e ignorancia de su estado de perdición. Pueden tener alguna percepción de esta necesidad, pero no es profunda ni duradera; [sin embargo,] no es suficiente para que estén dispuestos a apartarse de sus pecados entrañables ni a renunciar a su confianza carnal. Consideran que están sanos y no necesitan de un médico [Mat 9:12]. Lo necesitan, pero no sienten su necesidad. Puesto que tienen pensamientos ligeros sobre el pecado, también tienen pensamientos ligeros sobre el Salvador. Puesto que son indiferentes a la espiritualidad de la ley divina, ponen sus esperanzas únicamente en la misericordia de Dios sin considerar en absoluto al Mediador, y esperan grandes cosas de sus buenas obras. Su forma de hablar es: «Soy inocente, ciertamente su ira se ha apartado de mí» [Jer 2:35] y «“soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”»; y no saben que son miserables y dignos de lástima, y pobres, ciegos y desnudos [Apo 3:17]. Aquellos que imaginan que sin Cristo les puede ir suficientemente bien nunca caerán a Sus pies implorando Su auxilio: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?» [Mat 19:20 (RVR60)]. Los pecadores que confían en su propia justicia y son presuntuosos no mostrarán ningún aprecio por la obra de Cristo en la cruz ni por la obra de Su Espíritu en el corazón. La primera excluye todo mérito en nosotros, y la segunda arroja desprecio sobre toda nuestra supuesta suficiencia.
«Ya acepté a Cristo mucho antes»
En segundo lugar, otros creen que ya han venido a Cristo y que, como ya vinieron una vez, no tienen necesidad de seguir viniendo a Él. Su esperanza está tan afirmada que no puede ser conmovida, y su confianza, demasiado arraigada para ser arrancada. Algunos piensan que fueron hechos cristianos por el bautismo; otros, por una profesión externa; mientras que aun otros recurren a anteriores iluminaciones y reformas, terrores y consuelos, suponiendo que estas [experiencias] no podrían haber tenido lugar sin una unión eficaz con Cristo. Pero, admitiendo incluso que hayan venido a Cristo (lo cual en verdad no parece ser el caso), ¿no debería el venir a Él ser la labor diaria y constante del cristiano, es más, la ocupación de toda su vida? ¿No hay una necesidad diaria de Cristo? ¿No ha habido alejamientos [por nuestra parte]? ¿Y acaso estos alejamientos no nos exigen un regreso? ¿Acaso la fe se ejerce solo una vez? ¿Por qué entonces se nos dice que «el justo por su ‘fe’ vivirá» [Hab 2:4]?
«Estoy demasiado ocupado para venir a Cristo ahora»
En tercer lugar, los compromisos existentes es otra excusa que usan los pecadores para no venir a Cristo: «… amo a los extraños, y tras ellos andaré» [Jer 2:25]; «[h]e comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos» [Luc 14:19]; «[m]e he casado, y por eso no puedo ir» [Luc 14:20]. La prisa de los negocios, las ocupaciones necesarias de la vida y la falta de tiempo son argumentos comunes que los hombres carnales usan para justificar el descuido del deber y la falta de atención a sus asuntos espirituales: «… Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria» [Luc 10:41‑42]. Se alega falta de tiempo, pero en realidad lo que falta es un corazón dispuesto. Si los hombres reconocieran su absoluta necesidad de Cristo, emplearían en buscar a Cristo parte de ese tiempo (que a menudo dedican a banquetes, vestidos, visitas poco edificantes y recreaciones innecesarias). El fuerte dominio que nuestras corrupciones han alcanzado sobre nosotros no sirve de excusa. ¿Cómo llegaron a ser tan prevalentes sino por nuestra libre elección y consentimiento voluntario? Aunque sea una vil esclavitud, ¿no nos sometemos a esta voluntariamente? En resumen, ¿gemimos bajo nuestra esclavitud o más bien la preferimos a la gloriosa libertad de los hijos de Dios?: «… todos los que me odian, aman la muerte» [Pro 8:36].
«He intentado, pero no puedo venir a Cristo»
En cuarto lugar, algunos dicen que han intentado venir a Cristo, pero que no pueden. Han luchado ardua y prolongadamente, pero todos sus esfuerzos han sido inútiles; es más, cuanto más avanzan, más lejos parecen estar de la meta. Pero si esta convicción de tu incapacidad fuera genuina, tendrías razones para bendecir a Dios por ello como fruto de una gracia especial y —por lo general— precursora de Su misericordiosa manifestación: «El da fuerzas al fatigado; y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor» [Isa 40:29]. Pero no te engañes: el pretexto de la incapacidad es a menudo un manto para la indiferencia y la enemistad. Las palabras que salen de los labios son: «no ‘puedo’ venir», pero el pensamiento del corazón es «no ‘quiero’ venir». Si tus reconocimientos son sinceros, querrás ponerte en el camino de Cristo, usar diligentemente todos los medios [de gracia], lamentar tu ignorancia, indolencia y debilidad. Y si no puedes venir a Cristo, ruega que Él venga a ti.
«No soy digno de venir a Cristo»
En quinto lugar, otros que están profundamente abatidos en espíritu no alegan tanto su incapacidad como su ineptitud e indignidad. No dicen que no pueden venir, sino que no se atreven a venir. Consideran que son necesarios algunos preparativos y disposiciones, de los cuales carecen: Nadie debe presentarse ante el Señor con las manos vacías; [y] ellos no tienen nada que ofrecer. ¿Vendrán en sus uniformes penitenciarios con el corazón lleno de úlceras y duro como una piedra? Les doy esta breve respuesta: Así deben venir para ser aliviados de sus cargas, o no vendrán en absoluto. Para ser sanados de sus enfermedades espirituales no deben venir como si ya hubieran sido aliviados ni como si ya estuvieran sanos.
La ‘disposición’ es el único valor que Cristo busca; por lo tanto, debemos venir a Él no ‘con’ cualificaciones, sino ‘en busca de’ estas. «Si tuviera más tristeza y humillación por el pecado» —dirá alguno. «Si tuviera una percepción más clara de las excelencias de Cristo» —expresará otro. «Si estuviera más desprendido de las cosas de este mundo…, entonces podría venir más libremente a Cristo» —aun otro se lamentará. Pero debe recordarse que estas cosas son los motivos más fuertes para entregarse a Él, no excusas para no hacerlo. Porque no hay nadie para quien Cristo es más idóneo que para los necesitados, los indefensos y los indignos, quienes no tienen nada en ellos que sea atractivo, sino que todo en ellos es repugnante.
«La vida cristiana es demasiado difícil»
En sexto lugar, algunos tropiezan con las austeridades del cristianismo y los peligros a los que este los expone. Reconocen que su fin es glorioso, pero se quejan de que hay algo muy desalentador en el camino. Deben renunciar a sus antiguos pecados, abandonar a sus antiguos compañeros, renunciar a sus beneficios presentes, someterse a la pobreza y al oprobio; y todo esto en espera de un bien futuro. Quieren tener a Cristo, pero en términos más fáciles que negarse a sí mismos y tomar la cruz. Pero recuerden, por duros que parezcan los términos de Cristo, Él no los suavizará; si Su camino parece angosto, no lo ensanchará; si Su yugo es pesado, no lo aligerará. Todo lo que parece difícil y desagradable proviene enteramente de la depravación de nuestro propio corazón. Su yugo es fácil, y Su carga ligera; son nuestras corrupciones las que hacen que sea lo contrario. Además, si hay males externos en el camino, hay suficiente en Él para contrarrestar todo lo que podamos ser llamados a padecer por Su causa. Lo peor en Cristo es mejor que lo mejor de este mundo:
Por la fe Moisés, cuando era ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado. (Heb 11:24‑25)
Y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (Mat 19:29 [RV‑SBT])
¿No es, pues, preferible el espinoso camino al Cielo que el florido camino al infierno? ¿Incluso no son diseñadas para su bien estas mismas restricciones impuestas sobre el cristiano? ¿Y no le producirá la aflicción de este tiempo presente un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación? [2Cor 4:17].
«Temo que le fallaré a Cristo»
En séptimo lugar, algunos temen que si vienen a Cristo, serán rechazados o lo deshonrarán. En cuanto al temor de ser rechazados, es totalmente infundado; es contrario a todas las promesas y a la experiencia universal de todos los santos; no se puede presentar ni un solo caso de este tipo. La ternura y la fidelidad de Cristo impiden que sean rechazados o lo deshonren. Sin embargo, este temor es demasiado frecuente en la mente de un pecador inquietado [por su pecado]. En medio de su angustia, clama:
¡Nadie ha deshonrado, ofendido o abandonado a Cristo tanto como yo! ¡Nunca pensé en Él como un refugio hasta que estuve al borde de la ruina!; e incluso ahora, ¡cuán lentos son mis movimientos, cuán débiles mis esfuerzos, cuán poco firmes e inestables mis resoluciones! Antes creía que mis pecados eran tan pequeños que apenas necesitaban perdón. Ahora me parecen tan grandes que están fuera del alcance de la misericordia. ¡Antes presumía; [pero] ahora estoy pronto a caer en la desesperación!
Pero ¿por qué? ¿No es Cristo tan poderoso [para salvar] como siempre lo ha sido? ¿No está tan dispuesto a salvar como siempre lo ha estado? Ve, pues, y échate a Sus pies. Dile que, ya sea que vivas o mueras, será a Sus pies. Agárrate a Él con mano temblorosa pero resuelta, e implora fervorosamente la misericordia que ha prometido conceder. Acuérdate también de que Aquel que es Fiador de parte de Dios para ti es también tu Fiador ante Dios de que no te apartarás definitivamente, sino que serás preservado en medio de diez mil tentaciones y, al final, serás presentado sin mancha ante el Trono de Su gloria.
«No lo haré ahora, sino esperaré un momento más oportuno»
En octavo lugar, muchos no vienen a Cristo ahora con el propósito de venir a Él en el futuro. Ciertamente este es el caso de la mayoría de aquellos que, aunque están convencidos de la necesidad de venir a Cristo, piensan que está en su propio poder [determinar cuándo vendrán a Él]. De modo que la idea de autosuficiencia conduce naturalmente a la indolencia y la seguridad carnal. Un poco más de sueño y un poco más de dormitar [Pro 6:10], un poco más de autoindulgencia y gratificación de los apetitos carnales, es el deseo del perezoso espiritual. Pero Dios dice: «ahora es el tiempo propicio» [2Cor 6:2]; «[s]i oís hoy su voz» [Sal 95:7]. Las demoras no harán más que multiplicar tus dificultades, te endurecerás más en un rumbo de pecado, te tornarás más sordo a los remordimientos de la conciencia y averso a todo cristianismo vivo. Lo que hoy está duro mañana estará más duro, y solo podemos llamar nuestra la hora presente, el momento presente: «… ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos» [Luc 19:42 (RVR60)]. Los mandamientos y las promesas de Dios son para el tiempo presente: «¿No clamarás a mí desde ahora: Padre mío, tú eres el guía de mi juventud?» [Jer 3:4 (RV‑SBT)]. Si menosprecias Sus promesas y pisoteas Sus mandamientos, Satanás, quien ahora te dice que es demasiado pronto, después te sugerirá que es demasiado tarde, y «al final te lament[arás], cuando tu carne y tu cuerpo se hayan consumido, y digas: ¡Cómo he aborrecido la instrucción, y mi corazón ha despreciado la corrección!» [Pro 5:11‑12]. Muchos de los que han ido presumiendo por el mundo han salido de este en desesperación.
Conclusión
¿Y ahora cumplirás con la invitación de Cristo o correrás precipitadamente hacia tu propia destrucción? Todo a lo que Él te invita es a que seas sabio, santo y feliz. ¿Y será en vano Su insistencia? Si es así, esa Mano que se extiende ahora hacia ti se extenderá un día contra ti. Si le cierras las puertas de tu corazón a Cristo, Él te cerrará las puertas del Cielo. Y Su paciencia menospreciada se convertirá en ira e indignación provocadas (Mat 11:29; Heb 2:3; 12:25).
Beddome escribió un himno para acompañar este himno. Se puede encontrar una composición músical moderna para acompañar esta lectura aquí:
Este sermón se tomó de una colección de himnos de Beddome que se compusieron para reuniones pequeñas o cultos familiares. Se puede encontrar este sermón y muchos otros parecidos en el primer tomo aquí:
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