¿Debe la Iglesia de Cristo estar involucrada en hacer discípulos? La respuesta es una rotunda sí. Y, si la iglesia tiene que estar activa en hacer discípulos, ¿Por qué? Pues, esto es precisamente la comisión que Cristo le ha dado a su pueblo preparándolo para su partida al Padre. Vemos esto en Mateo 28:
Y acercándose Jesús, les habló, diciendo: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. 19 Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. (Mat 28:18–20)
Consideremos algunos detalles prácticos y teológicos aquí para ayudarnos a entender el fundamento y la naturaleza de este llamado a hacer discípulos. En esta primera publicación, veremos (1) el Fundamento y (2) el Prerrequisito de este llamado a hacer discípulos. En la segunda publicación, veremos (3) la Esencia, (4) el Alcance y (5) finalmente la Promesa de este llamado.
El Fundamento del Discipulado
En primer lugar, vemos el glorioso fundamento de este llamado en el versículo 18: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”. El llamado mismo viene en versículo 19, pero está fundado sobre esta proclamación a través de la conjunción “pues”. En otras palabras, el texto afirma, “Ya que toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra; por esto, id…” Esta proclamación de Cristo es gloriosa y fundamenta muchos aspectos de nuestro discipulado.
¿Por qué Cristo ha recibido toda autoridad? Cristo obviamente tiene toda autoridad ya porque es Dios. Sin embargo, este texto hace referencia a Él como el mediador—el Dios-hombre. Esto es la proclamación de su exaltación por parte del Padre. Cristo ha cumplido la voluntad de Su Padre a la perfección. Vino al mundo humildemente. Vivió justamente, enseñando las palabras del Padre, haciendo sus obras, llevando nuestras debilidades, pero sin pecado. A través de muchas aflicciones, se iba entregando cada vez más resolutamente a la voluntad del Padre, no como un rey beneficiado en este mundo, sino como un siervo pobre y humilde. Esta vida de justicia, sumisión y humildad llegó a su clímax en la cruz. Cristo se sometió hasta la muerte para el bien de su pueblo. Sin embargo, no fue cualquier muerte, fue la muerte más despreciable de ese tiempo. Se dio a sí mismo como un sacrificio por nuestros pecados. Debido a su sumisión hasta la muerte, el Padre lo ha exaltado tanto en su resurrección como en su ascensión. En su resurrección, el Padre ha dado testimonio público a todos que su obra ha sido aceptada y Él ha sido vindicado como un sacrificio verdaderamente justo y perfecto. En su ascensión, el Padre le ha dado un trono eterno desde el cual reinará sobre todas las cosas y en el cual pondrá a todos sus enemigos como estrado por sus pies. Como Pablo dice,
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, 10 para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. (Fil 2:9–11)
O, en otro texto dice,
el cual obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos [Su resurrección] y le sentó a su diestra en los lugares celestiales [Su ascensión], 21 muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no solo en este siglo sino también en el venidero. 22 Y todo sometió bajo sus pies, y a Él lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 23 la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo. (Ef 1:20–23)
Por su obediencia, Cristo ha pasado de ser un profeta y sacerdote a ser un rey glorioso. Ahora, en esta comisión, envía a sus súbditos a expandir este reino a lo largo del mundo hasta que la tierra sea llena del conocimiento de Él como las aguas cubren el mar. Su obediencia hasta la muerte y su exaltación a través de su resurrección ahora abre la puerta para el avance de su reino en todo el mundo. En su muerte y nueva vida, ha establecido un nuevo pacto, y en este pacto hay un poder imparable que trae buenas nuevas a todas las naciones.
Este texto presenta un tipo de nueva guerra santa. Como los israelitas tuvieron que conquistar la tierra de Canaán, ahora la iglesia va a conquistar todas las naciones. Cristo ha establecido un reino y quiere que este reino avance y conquiste en toda la tierra. Sin embargo, no es un reino geopolítico, sino es un reino espiritual. Por esta razón, su método de avance no es por fuerza militar o violencia, sino es a través de la predicación del evangelio, el bautismo y el hacer discípulos. Como Vern Poythress dice,
Ahora, durante la era del Nuevo Testamento hay un avance. La guerra santa se libra a través del bautismo y la unión con Cristo. La carne es crucificada (Gál 5:24). Los seres humanos no son simplemente destruidos como lo fueron los cananeos, sino que son resucitados por la resurrección de Cristo. Esta situación es la base de una amplia evangelización. Ahora toda la tierra habitada se ha convertido en la nueva tierra que debe ser conquistada en el nombre de Dios (Mat 28:18-20). Debemos hacer la guerra santa. Pero la naturaleza de esa guerra santa se redefine debido a Cristo.[1]
Por lo tanto, la Gran Comisión se lleva a cabo sobre el fundamento del reino glorioso de Cristo establecido a través de su resurrección y su ascensión. No predicamos a un Cristo muerto, sino a uno que se ha resucitado y ahora reina desde los cielos, de donde pronto vendrá para juzgar a vivos y muertos.
Implicaciones Prácticas de este Fundamento
¿Qué implica esto para nuestra práctica de este llamado?
- Pues, en primer lugar, una aplicación obvia es que debemos obedecerlo. Él es el rey. Tiene toda autoridad, incluyendo la autoridad sobre lo que enseñamos y lo que decimos. Luego, cuando manda a enseñar a estos nuevos discípulos es específicamente “todo lo que os he mandado”. Por esto, incluso cómo buscamos hacer discípulos debe ser en una manera consistente con sus instrucciones. Es decir, vamos en sumisión a su autoridad para obedecer sus mandatos. Sus mandatos incluyen tanto este mismo llamado, como también los llamados a amarnos, ser humildes, ayudar a los necesitados, luchar contra el pecado, pescar por hombres, etc. Y, todo lo que enseñamos queremos asegurar que sea conforme a Su Palabra y consistente con Su autoridad. Si queremos discipular con autoridad y poner a los nuevos discípulos en el camino correcto, tenemos que ayudarles a construir su casa sobre la roca de las palabras de Cristo. De otro modo, su casa será sobre la arena y pronto caerá (cf. Mat 7:24–27).
- En segundo lugar, este fundamento provoca denuedo y diligencia. Sabiendo que Él tiene toda autoridad, sabemos que la puerta está abierta. No tenemos que considerar si nuestra enseñanza no le va a agradar a un rey terrenal, ya que tenemos una autorización de parte del Rey de los reyes. No tenemos que temer los ataques del hombre aquí ni de las huestes espirituales que luchan contra Cristo y Su reino. Aunque las naciones sublevan y traman contra Cristo, el Rey ha sido establecido y nunca podrán bajarlo de su trono (Salmo 2). Por esta misma razón, sabemos que las puertas del Hades nunca prevalecerán contra la Iglesia. Podemos hacer discípulos en cualquier nación y llamar a cualquier persona a seguir a Cristo sabiendo que Cristo tiene toda autoridad. Incluso si los enemigos de Cristo nos persigan, hagan daño o nos maten, esta autoridad de Cristo es incluso sobre la muerte misma. Pronto nos levantará en gloria y nos reivindicará. Por esto, ejercemos este llamado sin temor y con gran diligencia.
- En tercer lugar, este fundamento nos da autoridad a nosotros también. Cristo tiene toda autoridad, y ahora da cierta autoridad y responsabilidad a su pueblo. Nuestra autoridad de proclamar su palabra, bautizar en su nombre, enseñar su palabra en todas las naciones es una autoridad legítima e innegable porque viene de Cristo mismo, la cabeza y rey de reyes. Siempre en cuanto seamos fieles a Él, tenemos una gran autoridad para proclamar el evangelio a los perdidos y educar a los convertidos en sus caminos.
- En cuarto lugar, este fundamento nos da gran esperanza. Cristo tiene toda autoridad, y por esto nada le va a impedir de tener a los suyos. Puede guardarte a ti en esta labor, y va a salvar y preservar a todos sus elegidos. Ninguno de ellos será impedido de venir a Él o de perseverar hasta el final, aunque toda la furia del infierno esté en su contra. Por esto, sabemos que Cristo tiene a su pueblo y nos ha enviado a proclamarles Su palabra resultando en su bautismo, y también de ayudarles a crecer más en su imagen.
El Prerrequisito de Este Llamado
En segundo lugar, podemos discernir un prerrequisito en este llamado que se toma por sentado. ¿A quién se da este llamado? ¿Todos en el mundo tienen esta responsabilidad? Todos sí tienen la obligación de someterse a Cristo, el rey de todo. Todos sí tienen la obligación de obedecer los Diez Mandamientos. Sin embargo, este llamado es específicamente para discípulos. Las únicas personas que pueden hacer discípulos verdaderos son aquellos que ya son discípulos de Cristo. Por esto, el prerrequisito es que nosotros mismos hayamos llegado a ser miembros de Su reino.
Según Cristo en el evangelio de Juan, ¿Cuál es el único camino para entrar en este reino? Tenemos que nacer de nuevo (Juan 3:3-9). Si no has nacido de nuevo, no puedes cumplir este mandato. No eres miembro de Su reino todavía, todavía estas en el dominio de tinieblas. Si no has seguido a Cristo, no puedes enseñar a otros a seguirle. Si no conoces y no te sometes a lo que ha mandado, no puedes enseñar a otros a guardar lo que ha mandado. Si no has sido bautizado, no estás preparado para participar en este proceso en la vida de alguien más. Como un autor dice, “Sugiero que el discipulado —ayudar a otros a seguir a Jesús— fluye directamente de ser discípulo de Jesús. Los discípulos están llamados a seguir a Cristo, y seguirle significa ayudar a otros a seguirle.”[2] Por lo tanto, para hacer discípulos, tenemos que ser nosotros mismos discípulos. La idea es que no solamente seamos discípulos, sino que seamos un poco más avanzados en este camino para ser capaces de ayudar a otros que están recién empezando.
Esto lleva a una aplicación muy importante: ¿Has sido salvado verdaderamente? ¿Estás siguiendo a Cristo? Examínate para asegurar que ya seas discípulo de Cristo antes de considerar hacer discípulos de otros. Que necedad sería tratar de convencer a otros a creer un evangelio que no has creído tú mismo. Que necedad sería tratar de convencer a otros a seguir a un Salvador y someterse a un Rey a quien tú no estás siguiendo.
[1] Vern S. Poythress, The Shadow of Christ in the Law of Moses (Brentwood, TN: Wolgemuth and Hyatt, 1991), 147–48.
[2] Garrett Kell, “Discipleship According to the Scriptures”. 9Marks blog. (August 27, 2012). https://www.9marks.org/article/journaldiscipleship-according-scriptures/. Accessed online January 14, 2025.


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